Número 26 | Marzo de 2014
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Charo Pradas, La casa del alma
Galería Carolina Rojo, Zaragoza
 
 

La Galería Carolina Rojo inicia una nueva etapa, y lo hace con un ambicioso proyecto que no sólo trae consigo un cambio de espacio –a un local que incluye una amplia y luminosa sala de exposiciones a pie de calle–, sino también una trabajada programación de actividades que van más allá de lo estrictamente comercial. El objetivo, según se indica en su propia página web, no es otro que “colaborar en el conocimiento de las manifestaciones artísticas actuales para su correcta valoración, un factor determinante en la dinamización del coleccionismo”. Para esto propone la organización de cursos, talleres y conferencias, la puesta en marcha de un proyecto editorial propio, Cierzo, y una atención preferente por los libros de artista y las publicaciones de arte. Además, obviamente, de una cuidada selección de artistas –Almalé y Bondía, Charo Pradas, Fernando Martín Godoy, Jorge Usán, Louisa Holecz, Nacho Bolea, Cecilia de Val, Enrique Radigales, Jorge Fuembuena, José Noguero, Mariano Anós y Yann Leto– que trasciende ampliamente los límites del panorama local. Una apuesta de riesgo pero, sobre todo, una muestra de compromiso con la cultura en el momento en que resulta más necesario.

Se inaugura esta nueva etapa con la feliz recuperación del trabajo de Charo Pradas, alejada de las salas zaragozanas desde 2008, cuando mostró en la Sala Juan Francés de la Casa de la Mujer el resultado de su estancia artística en la localidad de Albarracín. La casa del alma es el título de este nuevo proyecto, una selección de pinturas y dibujos realizados durante el año 2010. Como el propio título indica, Charo Pradas propone un ejercicio de búsqueda y análisis interior –en el suyo, en el nuestro y aún en el de la propia naturaleza–, a través de un lenguaje abstracto que le es ya característico, pero a través del cual se permite explorar nuevas vías. Chus Tudelilla, comisaria, insiste en el texto que acompaña a la exposición en ese ejercicio interrogativo emprendido por la artista, en el que inevitablemente se ve inmerso el espectador de su obra: “El vértigo cósmico, que en otro tiempo desencadenaba toda una suerte de dinámicas resonancias y fructíferas tensiones, parece haber llegado en esta secuencia de pinturas a lo más profundo, allí donde todo flota y estalla, donde es posible asistir al lado oculto de las cosas”. Un espacio interior que implosiona a partir de formas coaguladas, viscerales, que batallan en una constante lucha de voluntades expresadas a través de la mancha del color y el goteo prolongado en forma de tela de araña. Una visceralidad que no resulta en ningún caso teatral o artificiosa sino que más bien opta por la serenidad incómoda de los fluidos en movimiento. Una especie de “pangea” líquida en perpetua recreación.

Hay en Charo Pradas una evidente delectación en el aspecto procesual de su trabajo. La artista interviene sobre pinturas anteriores mediante el borrado que, en su caso, no es destructivo sino constructivo, generativo, con el que da lugar a una sucesión de planos casi infinita que favorece esa mirada hacia el abismo interior. Deja con este proceder, huella visible del camino recorrido, de una experiencia plástica que es, por encima de todo, vital. La geometría propia de estadios anteriores queda en un segundo plano con el ánimo de propiciar la explosión matérica en la que parece haberse adentrado. Uno de los mayores logros de esta serie de pinturas reside en que nunca parece agotarse la posibilidad de descubrir nuevos matices en el sutil tratamiento que la artista da a las sucesivas capas pictóricas, de una inagotable variedad tonal.

Cabe llamar la atención sobre la serie de dibujos a tinta en los que Charo Pradas no levanta la mano del papel hasta dar lugar a una infinita sucesión de espirales generada a partir de cambios minúsculos pero progresivos, de acuerdo con los principios de la teoría del caos. Una reiteración en el uso de una misma forma, geométrica y orgánica, que se desarrolla en una especie de eterno retorno que, contraviniendo a Zaratustra, nunca es lo mismo, sino más bien reformulación de lo anterior. 

Ahora bien, no hay contradicción entre los lienzos y dibujos expuestos por Charo Pradas. La fluidez líquida de sus pinturas, se torna rítmica en las espirales de sus dibujos. Todo responde a una misma mirada introspectiva en la que cada acontecimiento avanza el siguiente, que es al mismo tiempo independiente y consecuencia del anterior.

En la presentación de su exposición, Charo Pradas aludió al libro Cartas sobre Cézanne que reúne la correspondencia que el poeta Rainer María Rilke envió a su esposa tras visitar en 1907 la exposición conmemorativa que el Salon d’Automne de París dedicó al pintor tras su muerte el año anterior en Aix-en-Provence. Entre las impresiones que le suscitó la obra del maestro encontramos una reflexión sobre el carácter del acto creativo que, entendemos, Charo Pradas haría suya: “Sí, la obra artística siempre es el resultado de un haber estado en peligro, de haber llegado hasta el final en una experiencia, hasta donde ya nadie puede ir más lejos. Cuanto más se avanza en ella, la vivencia se hace más propia, más personal, más única, y al fin, la obra artística resulta la manifestación necesaria, irreprimible, lo más definitiva posible, de tal singularidad... Ahí radica, justamente, la ayuda enorme que constituye la pieza artística para la vida de quien tiene que hacerla... en ser su síntesis”.

Alberto CASTÁN CHOCARRO
Profesor del Departamento de Historia del Arte, Universidad de Zaragoza

Fecha de Entrega: 31/03/2014
Fecha de Admisión: 31/03/2014


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