Número 21 | Diciembre de 2012
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Sobre la superficie, Gema Rupérez.
Sala Juana Francés, Casa de la Mujer, Zaragoza
 
 

 

         Gema Rupérez (Zaragoza, 1982) es Licenciada en Bellas Artes por la Facultad de San Carlos (Valencia). Su obra artística ha podido verse en España, Italia, Francia y Japón, siendo merecedora del Gran Premio de Escultura e Instalaciones del XXIV Premio de Arte Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal de la Diputación Provincial de Zaragoza (2010), la Beca de la Casa de Velázquez de Madrid (2010-2012) y la Beca de residencia Kiosko Galería de Bolivia (2012), por citar sólo algunos méritos.

         Tras unos años fuera de Zaragoza, la artista ha vuelto a casa y lo ha hecho exponiendo en la Sala Juana Francés. Sobre la superficie, que ha podido verse en nuestra ciudad del 30 de octubre a principios del mes de diciembre de 2012, confirma a Gema Rupérez como uno de los valores imprescindibles del arte aragonés actual.

         Ocho instalaciones de su reciente producción en la Casa de Velázquez de Madrid se disponen en la sala de exposiciones, blanca, casi desnuda, extrañamente silenciosa. Una revelación contenida, que aguarda dentro del material, reclama nuestra atención. No es casualidad que la artista se halle inmersa en sus estudios doctorales acerca de “la seducción de la transparencia”. Desde ese fino cristal que parece su alma, susurra en nuestro interior las palabras que activarán el recuerdo, el olor del dolor, la angustia de la pérdida. Gema Rupérez trabaja desde el cuerpo como contenedor de significados, de experiencias propias y universales, campo de batallas, quizá perdidas, tal vez aún desconocidas. Pero, en esta ocasión, el protagonista de sus instalaciones no es el cuerpo en sí, sino la presencia velada del mismo. Lo intuimos, lo podemos casi paladear con los sentidos. Sabemos de su presencia, que envuelve nuestras entrañas, que hasta llega a estrangular nuestras vísceras. Es un cuerpo de evocación poética pero, también y a pesar de todo, de infernal peso matérico.

         Con sutil elegancia, la artista ha seleccionado aquellas piezas que mejor podían adaptarse al programa que todos los años la Casa de la Mujer del Ayuntamiento de Zaragoza organiza con motivo del 25 de noviembre, Día Internacional contra la Violencia de Género, dedicada este año a la prevención de la violencia sexista en las redes sociales.

         Partiendo de objetos de nuestra realidad cotidiana, Gema Rupérez descontextualiza sus significados habituales para construir nuevos mensajes. Vierte sus emociones en ellos invitando al visitante a que haga lo mismo, pues el arte es libre, es la potencia, el horizonte de la posibilidad infinita. Sin embargo, los títulos de las instalaciones, la campaña social en la que se inserta Sobre la superficie y la trayectoria de la Casa de la Mujer y de la Sala Juana Francés guían, inevitable y acertadamente, nuestros pasos. El hogar, apacible refugio de la seguridad y el descanso, esconde algo tras su idílica apariencia. Y es que, como demostraron por estas mismas fechas en el 2011 Jorge Fuembuena y Alejandro Ramírez con A song for my mother, las apariencias, a menudo, engañan.  

        Si atendemos a la línea de trabajo que desarrolla la Sala Juana Francés, de manera impecable, desde hace veintidós años, podríamos empezar nuestra visita de Sobre la superficie por la instalación Favilas. En el seno del discurso de la crítica feminista de las artes, un grupo de camisas de hombre, blancas, perfectamente plegadas y almidonadas, nos espera en el centro de la sala, claro testimonio del orden patriarcal imperante en nuestra sociedad. En la rigidez de sus cuellos abotonados, un puñado de carbón, sucio, pesado, quebrado, parece romper la blancura, recompensa que en la tradición popular tiene el que se porta mal. Pero dos huecos no han sido rellenados, quizá porque siempre queda un hilo de esperanza, la esperanza de que no todo se ensucie y corrompa.

       Frente a Favilas se encuentra Acopio. De nuevo la idea del hueco, de lo liviano y lo pesado. Unas manos de escayola salen de la pared. En un gesto maternal, se entrelazan para ofrecer el hueco que acoge. Pero, en esta ocasión, este hueco únicamente almacena alfileres. Ligeros cuerpos de metal que, si un día sostuvieron, apuntaron las horas, los momentos felices, los recuerdos marchitos, ahora hieren con la ferocidad del filo de una navaja. Algunos de ellos se diseminan por el muro que divide la sala de exposiciones. Escalan, como alimañas salvajes, hacia el pañuelo de tela, elegante recuerdo del ajuar con el que todo empezó, que apuntalado soporta los días que le restan. Detrás de este muro se proyecta la vídeo-instalación De lado a lado. Las paredes de una pequeña caja de cartón encierran la imagen de la propia artista. En un asfixiante entorno blanco, despierta de su sueño para descubrirse presa. No hay salida, al menos de momento.

        Llena y vacía aguarda en una peana. Un bolso blanco, en apariencia ligero. Si lo observamos de cerca, vemos que su material, la cera, no ha dejado hueco en su interior. Cargado de sonrisas y desilusiones, rebasado ya de toda mirada, asirlo será harto difícil: sus asas son sierras que grabarán su destino al nuestro.

         Frente a esta instalación, Polishing lies. La persona amada como esos primeros autómatas del Renacimiento, astillando su afilada nariz de Pinocho sobre una lija. El mentiroso cazado, que grana nuestros días y desgrana lo que un día llamó amor.

        Un respiro creemos encontrar en la instalación que se yergue en la pared de enfrente, Sticky wall. Adoquines de caramelo nos trasladan a la cajita donde atesoramos los recuerdos de nuestra infancia, esos recuerdos que endulzan el amargor de nuestros presentes. Pero esos adoquines hoy son las piezas de un puzzle, un puzzle de momentos grises, gritos acallados y lágrimas tragadas. Son los engranajes de un muro tras el que ocultamos nuestro verdadero rostro al mundo, el rostro de la doliente, del doliente.

        Llegamos así al final del recorrido que nos propone Gema Rupérez. A la entrada de la sala, unos cristales parecen levitar sobre el muro. Al margen habla de lo que importa. Como hojas de cuaderno, varios cristales, a simple vista individuales. Si los analizamos de cerca, tras un cristal espera otro, y otro, y otro… Y aunque las líneas horizontales en las que reposarán nuestras memorias son negras, lo que importa siempre está al margen, más allá de esa línea vertical, poderosa marca roja, donde todo empieza, donde acabará lo innombrable para empezar los nuevos futuros.

        Futuros que sin duda habrán de ser más claros. Pero no con la transparencia del dolor que gravita sobre nuestras cabezas, sino con la pureza de lo que está por venir. Futuros que guardarán el caramelo, el pañuelo, la lija y algo de tizne del carbón en cajas de cartón más pequeñas. Y es que cuando aprendemos a digerir el dolor, éste acaba ocupando menos. Y aunque en nuestros oídos siempre resuene el nombre de lo que nunca quisimos sentir, como recuerda la artista en Evocándote, la espiral de su presencia cada vez se irá abriendo más, hasta convertirse en una línea cuyo punto de inicio esté cada vez más lejos de nuestra mirada.

Paula GONZALO LES
Vocal de AACA y miembro del comité de redacción de AACADigital, Doctoranda en el Dpto. de Hª del Arte, Univ. de Zaragoza

Fecha de Entrega: 30/12/2012
Fecha de Admisión: 30/12/2012


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