Número 17 | Diciembre de 2011
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Académicos de San Luis
Palacio de Montemuzo, Zaragoza
 
 

 

En el Palacio de Montemuzo, el 29 de noviembre, se inauguró la exposición Académicos de San Luis, con texto de María Belén Bueno Petisme para el catálogo. Hablamos, como es sabido, de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza, fundada a finales del siglo XVIII, lo cual significa, dada su tradición y experiencia acumulada, que todos sus académicos artistas tienen, en teoría, un nivel creativo de máxima garantía. No es así.  Al margen de que cada académico, sea o no artista de profesión, se mantiene en el cargo hasta su muerte, por razones enigmáticas se perpetúan una serie de falsos artistas, generación tras generación, que ofrecen una deplorable imagen capaz de anular la más ardiente imaginación. A Domingo Buesa, su presidente, no se le puede achacar nada negativo, pues la responsabilidad corresponde a los supuestamente entendidos en arte que aprueban el ingreso, de quien sea, en tan hermosa institución.

Aunque falta, por ejemplo, una obra que represente a José Manuel Broto, veamos una simple división entre aquellos artistas que ofrecen algo digno como mínimo y los que ni sabemos en qué ignoto territorio clasificarlos. Siempre tras recordar que la obras presentadas oscilan entre 1978, de Jorge Albareda, que podía haberse esforzado con una obra más reciente, y 2011.

Citamos los artistas que como mínimo muestran un buen criterio. Manuel Arcón, con la escultura Descanso, de 1983, sin aportar un matiz personal innovador. Fernando Alvira Banzo, con Somontano de Barbastro, de 2011, con un correcto paisaje. Miguel Galanda, con Monje, de 2010, como pintor excepcional con su habitual enfoque. Fernando García Grúas, con Septiembre, de 2011. Santiago Gimeno, con Recuerdos, de 1998, escultor por todos conocido de personal trayectoria. Javier Sauras, con Relieve en cereza, de 2011, escultor a través de su habitual dominio del volumen. José Ignacio Baqué, con Muñeca I, de 2011, del que sabemos de memoria su condición como artista, aunque el cuadro presentado no está entre lo más optimo en comparación con obras anteriores. Natalio Bayo, con Joven del bonete rojo, de 2005, dentro de su línea habitual. María Ángeles Cañada, con Clara, de 2011, cuadro bien resuelto sin novedad. José Luis Lasala, con La peor pesadilla, de 2011, centrado en una abstracción de planos invadiéndose. Pilar Moré, con Rojos, de 2011, dentro de su personal línea. María Cruz Sarvisé, con Paz, de 2000, mediante un cuadro que enfatiza en su maravilloso y sorprendente tono poético. Pascual Blanco, con En respuesta a una joven, de 2009. Jorge Gay, con Biblos III, de 2010. Teodoro Pérez Bordetas, con Castillo de Maluenda, de 1999, en el ámbito de su siempre correcta mirada artística. Rafael Navarro, con A destiempo nº 3, de 2011, por todos conocido como entre los grandes fotógrafos españoles. José Verón, con La Peña, de 2009, mediante una correcta fotografía. Y, para concluir, Alejandro Rincón, con Arboleda, de 2004.

Veamos los supuestos artistas con obras lejos tal condición. Jorge Albareda, con Cristo resucitado, de 1978, escultura clásica, por decir algo, que salvo oficio no aporta nada, pero nada. Agustín Alegre, con Mi hijo Agustín, de 2010, pintor siempre correcto. Antonio María Almazán, con Paisaje del Ebro, de 1994. Esperanza Altuzarra, con Junto al hogar, de 2005. José Beulas, con Sin título, de 2010, mediante un típico paisaje suyo, un tanto básico, con dos planos para tierra y cielo, lo de siempre, y un Sol, o Luna, de tal tamaño que rompe  la composición general. Tiene obras, como es sabido, de mayor entidad. Jacinto del Caso, con Haciendo calcetín, de 1982, mediante un cuadro con la entrañable abuela junto al hogar y, encima, haciendo calceta.  Carmen Faci, con Violetas y amarillos, de 2009, centrada en un bodegón. Mercedes Gómez-Pablos, con La soledad, de 2011. Isabel Guerra con Domingo Buesa, de 2011. Desde que la monja pintora expuso en la Lonja, de Zaragoza, todavía queda alguien convencido de que es artista. En el retrato de Domingo Buesa, actual presidente de la Real Academia, hay dos fallos técnicos imperdonables. Aludimos a las manos, que vistas de frente tienen los siguientes problemas. Mano izquierda: dedos corazón y anular que flotan en el aire de manera errónea. Mano derecha: los dedos pulgar, índice y corazón se apoyan sobre una superficie de madera, mientras que los dedos anular y meñique desaparecen sin lógica racional. Manuel  Monterde con Jota de Calanda, tercera copla, de 2009, con dos joteros bailando, fiel eco del conocido cuadro de Marín Bagüés. Manuel Sancho Rocamora con Oriental, de 2004, cuadro mediante el énfasis en un aroma tradicional oriental, se deduce que japonés. María Eugenia Vall con Composición en blanco, de 2007, a través de un cuadro tipo bodegón. Y, para concluir, el arquitecto José Laborda Yneva con Ciudades recientes, de 2011, que está basada en la fotografía digital al servicio de 25 fotografías cuadradas unidas como un montaje. El propio tema y la unión de tanta fotografía provoca un conjunto más que recargado, de modo que la composición general se resiente por ausencia de aire: nada respira. A sumar la negativa fusión de temas muy variados dentro de la arquitectura, sobre todo, la escultura, la pintura y la espiral como símbolo ancestral.

Esperemos que los nuevos miembros de la Real Academia, aquí pensando en artistas nunca en cargos específicos que requieren otra condición, sean elegidos siguiendo intachables exigencias desde ángulos de máxima creatividad. Con la limpieza correspondiente, que debe venir de forma paulatina, la Real Academia recobrará su máximo esplendor, el que sigue teniendo pese a la presencia de tanto intruso.

Manuel PÉREZ-LIZANO FORNS
Presidente de AACA

Fecha de Entrega: 27/11/2011
Fecha de Admisión: 27/11/2011


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