Número 14 | Marzo de 2011
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Retorno al oficio de la pintura
Eduardo Lozano expone en la Sala Luzán de Zaragoza
 
 

            Es muy probable que haya sido el azar el que ha hecho coincidir la exposición de Eduardo Lozano en la sala CAI Luzán con la semana del arte en Madrid, y muy difícil evitar la comparación entre las últimas tendencias en el mundo del arte (las apuestas más comerciales, presentadas en ARCO o las de artistas emergentes acogidas por JUSTMADRID y un sector de ARTMADRID), y el trabajo del pintor aragonés.  

            Ver en cualquiera de las tres ferias una sola obra con el lenguaje de Lozano es absolutamente imposible. Ni la técnica, clásica, ni la temática, más clásica si cabe, tienen lugar en los circuitos nacionales e internacionales de arte contemporáneo. Allí, el arte conceptual, a pesar de mostrar indicios de decadencia debido al auge de la fotografía y de un tímido rebrote de la figuración, sigue dominando la producción artística. Donde Lozano es un pintor a secas, el mercado demanda pensadores que pinten. En cuanto a la técnica y el soporte, la oferta es inabarcable con una fuerte presencia de elementos digitales que interactúan con la pintura ya sea a modo de diálogo, como en el caso de las técnicas mixtas de Darío Urzay, o en una dura confrontación, como ocurre en los trabajos de Carmen Calvo o John Baldessari.  

            Es de agradecer el cambio de tema en la pintura de Lozano respecto a su anterior exposición en la galería A del Arte. Sería muy injusto considerar esa variedad como una falta de discurso, sobre todo si lo que se pretende es que sea la pintura el centro de atención y no una suerte de evolución de unos principios intelectuales plasmados en un lienzo, demasiadas veces usados como justificación de la anécdota. Si, como motor generador de creación, esa evolución no es criticable y nos ha dejado maravillosas obras de arte, tampoco es criticable la ausencia total de metáfora ni debe ser percibida como falta de personalidad artística. Como afirma G.K. Chesterton en una emocionante defensa de la relación entre creación y oficio en su obra “Herejes”, “el temperamento artístico es una enfermedad de los principiantes”. Y si no, que le pregunten a Antonio López sobre discursos.

            Eduardo Lozano pertenece a una generación de artistas aragoneses con una proyección muy limitada. Bien es cierto que el trabajo de Lara Almárcegui está siendo reconocido en Holanda y Alemania, únicos países europeos con una política artística activa y comprometida, pero parece una excepción. Algunos de nuestros artistas han emprendido la aventura madrileña. Calero, presente en esta edición de ARCO con la galería Raquel Ponce, Martín Godoy con Utopia Parkway, la escultura de Jacinto Moros con May Moré o la fotógrafa Cecilia de Val con Cámara Oscura han buscado mejor suerte que la que encuentran en nuestra tierra Javier Riaño o Javi Joven. Los brutales recortes de la Administración y la falta de apuestas locales por parte de los servicios culturales de las entidades financieras (a excepción de la casi siempre refrescante sala Luzán), ahogan las posibilidades de los artistas emergentes aragoneses y les obligan a abandonar su camino natural. Tampoco las galerías de Zaragoza parecen reconocer que una de sus principales misiones consiste en promocionar a los artistas que representan. Antonia Puyó hace una gran labor con Enrique Radigales y Zaragoza Gráfica con el legado de Víctor Mira, pero no es la tónica general. Eduardo Lozano no escapa de esa tesitura, y su lenguaje tampoco le ayuda.

            Los paisajes del pintor, los árboles, los arroyos, los caminos y las montañas no son importantes en sus cuadros, que son obras en tránsito, y sólo se presentan como tales a determinada distancia del lienzo. Cerca de él, respirando la pintura todavía fresca, se puede entrever la aspiración del artista de dotar de corporeidad, a aquellos que fueron paisajes. La pintura, matérica, deja que cada cual elija con sosiego la mirada, y busque una emoción que, por desgracia, navega indistintamente entre el ensueño y la irrelevancia. Eduardo Lozano no muestra estampas, ni encuadres, ni ideas, ni reflexiones, ni siquiera árboles, ríos o montañas. Lo que vende son bastidores, lienzos, gesto y muchos kilos de pintura y oficio. Y eso es lo que percibe el visitante de la sala Luzán: oficio, oficio y más oficio.

Noelia CERVERO SÁNCHEZ
Alumna del master en Estudios Avanzados en Historia del Arte, Universidad de Zaragoza

Fecha de Entrega: 18/03/2011
Fecha de Admisión: 19/03/2011


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