Número 13 | Diciembre de 2010
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Sala de lectura: Alicia Vela y Lina Vila.
Sala Juana Francés, Casa de la Mujer, Zaragoza

 

Alicia Vela y Lina Vila se conocieron en la Facultad de Bellas Artes de San Jorge de Barcelona a finales de la década de los noventa y, desde entonces, profesora y alumna han compartido espacio expositivo en tres ocasiones. Entre ellas la complicidad brota de una manera tan natural como la vida misma lo hace en sus trabajos. Ambas afrontan sin miedo ni pudor una reflexión femenina de tintes autobiográficos que explora la fragmentación vital. Con la instalación Sala de lectura, que puede visitarse en la Sala Juana Francés de la Casa de la Mujer del Ayuntamiento de Zaragoza desde el 21 de diciembre del 2010 hasta el 10 de febrero de 2011, Alicia Vela y Lina Vila nos invitan a conocer, “reconocer” y recuperar la sabiduría ancestral de un universo femenino que se ha ido tejiendo, hilo a hilo, entre vivencias durante siglos compartidas, anhelos y dudas, gozos y desventuras, pasiones y recatos, confidencias y lamentos.

Alicia Vela (Villalengua, Zaragoza, 1950) vive y trabaja en Barcelona. Profesora titular de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona, compagina la docencia con la producción artística. Además de haber recibido importantes becas y premios, como la beca para la investigación de nuevas formas expresivas de la Generalitat de Catalunya que le fue concedida en 1983 y el Primer Premio de grabado en IBIZAGRAFIC ’84 convocado por el Museo de Arte Moderno de Ibiza, desde 1976 participa en destacadas exposiciones en Europa, Japón y Estados Unidos. Pintura, grabado, instalación e imagen digital se ponen al servicio de la creación de un imaginario existencial y simbólico, entre la abstracción y lo figurativo, que analiza el movimiento y experimenta con la ocupación de los espacios. Su dedicación a la docencia le permite compartir y alimentar su pensamiento, lo que enriquece su obra.

Lina Vila (Zaragoza, 1970) vive y trabaja en Zaragoza. Licenciada en Bellas Artes por la Facultad de San Jorge de Barcelona, en 1995 cursó “El dibujo como instrumento científico” y tres años más tarde “La obra gráfica hoy: de la impronta grabada a la impronta digital”, ambos postgrados de la Universidad de Barcelona. Entre 2002-2004 disfrutó de la Beca de Artes Plásticas “Casa de Velázquez” en Madrid, concedida por la Diputación de Zaragoza. Entre los numerosos premios que ha recibido cabe destacar El Primer Premio de Arte Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal en 2003 y el Primer Premio en el Concurso de Obra Gráfica y Estampa Digital. Dibujante, pintora, escultora y grabadora, Lina Vila relata en sus obras un mundo simbólico que nace de su propia experiencia vital. La fragilidad de la vida humana, el sufrimiento, la enfermedad y la lucha contra los fantasmas pasados y presentes se dan cita entre los paisajes y animales de su imaginario particular. Lo que se inicia como un relato propio, íntimo y, por lo tanto, subjetivo, se convierte de la mano de la maestría de la autora en una experiencia universal que apela al espectador, le conmina a participar, sin reservas ni temores, en la “danza macabra” que es la vida.

Sala de lectura ofrece dos focos de atención. El centro de la sala queda ocupado por una gran mesa camilla. Su tapete llama poderosamente la atención. Las ciento ochenta “redondas” que lo conforman remiten a los tradicionales trabajos en ganchillo o bordado, tratándose en esta ocasión, en realidad, de delicados grabados sobre papel Japón. La xilografía es la técnica empleada por las artistas para este particular tapete, tan artesanal y remoto como la capacidad reparadora y regeneradora de las mujeres. Originaria de China, concretamente del siglo V d.C., la xilografía es la técnica del grabado en madera. El boceto de la obra que se va a grabar se calca sobre el taco o plancha de madera y se talla con la ayuda de instrumentos específicos como la gubia o el buril. Los blancos del dibujo quedarán vaciados en la madera y los negros en relieve. Obtenida la plancha, se entinta ésta con el rodillo y se procede al estampado de la pieza, bien a mano por frotación o mediante el tórculo. La palabra y la imagen perviven en nuestra memoria. Lo que hace que un objeto cotidiano se transforme en símbolo o bien icono de una identidad colectiva es su uso compartido por los miembros de una misma comunidad. Esta identidad colectiva se va enriqueciendo con individualidades, con nuevos objetos, con nuevas voces. Y es entonces cuando podemos hablar de la memoria, esa memoria que vivimos porque se nos es transmitida directamente o porque palpita en nosotros como un saber atávico. Esa memoria nos permite afrontar y soportar la celeridad con la que pasa el tiempo. Voces conocidas y anónimas nos hablan desde esta mesa camilla, donde la palabra y la imagen nos permiten bucear de manera casi inconsciente en una memoria colectiva femenina tan popularmente conocida como omitida.  Oímos a Alejandra Pizarnik: Affiche. Me esforcé tanto por aprender a leer en mi llanto, y la vista se nos dirige a esas manos que tanto dieron y tanto anhelan recibir, esa cama de las noches en vela llorando al amor no correspondido, al amor que no regresa, cama de parto, de nacimiento, de enfermedad, de muerte, de velatorio, cama como trono de la vida. Los pájaros y alas sueltas de ave de Lina Vila gritan con sollozo contenido el deseo de huir, de abandonar esta vida para emprender una nueva, más allá del horizonte conocido; su batir de alas será el eco de las palabras de Louise Bourgeois: Para poder escapar has de tener un lugar donde ir. Dos corazones bien distintos se suman al diálogo. El de Alicia Vela como exvoto que recuerda el amor divino, símbolo del sacrificio de la divinidad cristiana por sus hijos. Sin embargo, el de Lina Vila es un corazón anatómico, pleno de vida humana, irrigado por la sangre, líquido vital que tan bien representa la capacidad de la mujer como dadora de vida. Y son estos corazones y las rosas de espinas que evocan el amor pasional los que beben de la frase de María Zambrano: El agua ensimismada ¿piensa o sueña? Si tú me miras ¿qué queda? A éstas y otras voces se suman las de las artistas. Acumulo, junto y guardo para que la muerte no me encuentre entre tanto trasto, manifiesto vital y artístico con el que Lina Vila nos presenta una de las constantes de su obra: el enfrentamiento a la muerte, realidad con la que hay que convivir, a la que hay que comprender y aceptar, no sólo la propia sino la de aquellos seres queridos que, ausentes, forman parte fundamental de ti. Para Alicia Vela Hilos de seda rompen silencios escondidos como delicados son los hilos con los que las mujeres realizan labores textiles rompiendo el silencio de sus vidas, compartiendo confidencias; como sutiles son los hilos con los que las Parcas manejan nuestras vidas; como imperceptibles son los hilos que unen recuerdos creando memoria; como mágicos son los hilos que conectan al espectador con la obra y, por ende, con su autor, en este caso, autoras. Pero obligado resulta reparar en una palabra que planea majestuosa por encima de este conjunto de retales de almas de mujer, una de las primeras palabras que aprende un ser humano, sin duda la que más presente tiene a lo largo de su vida, probablemente la última que repite para sí al cerrar los ojos para siempre en el sueño de la eternidad: “madre”. La palabra “madre” da unidad al conjunto. Homenaje a la madre primordial, a la divina y a la humana, a la tuya, a la mía, a sus madres, a las nuestras. Madre de la vida, de los hijos, de la familia, de la creación artística, del día a día. Palabra que parece encontrar su correlato en la figura de un árbol de cuerpo femenino, símbolo de la mujer como origen y sustento de la vida, cuyo cuerpo hunde sus raíces en la misma tierra, la mujer como la madre naturaleza, en la línea de la tradición representada de manera sublime por Ana Mendieta. 

Alicia Vela y Lina Vila han querido así participar de un discurso tantas veces hablado en la intimidad del hogar, espacio históricamente reservado a las mujeres, lugar de reclusión forzada pero también de protección y de desarrollo personal gracias al apoyo de la igual. Ellas han podido recoger el testigo de las artistas de los años setenta del pasado siglo que, valiéndose de las teorías del feminismo, pudieron hacer uso de su propio cuerpo para hablar abiertamente de sus propias vivencias, de las pérdidas, del amor, del sexo, de la maternidad, en definitiva, de las particularidades que experimentaban por su condición bilógica, social y cultural de mujer. Y lo han hecho de la forma más bellamente evocadora: muchas de nosotras ya no hemos vivido, al menos no de manera habitual, esa intimidad de mujer, de mujeres, pero gracias a la humildad y sencillez con la que Alicia y Lina unen sus voces y recuerdos al universo femenino ancestralmente transmitido, en la Sala Juana Francés queda suspendida en el tiempo y en el espacio la mesa camilla donde se gesta buena parte de la identidad de ser mujer, realidad amorosamente tejida por nuestras antepasadas, que no debemos denostar sino heredar con la felicidad que da como mujer el sentirse unida a todas las mujeres, más allá de fronteras, ideologías, religiones, etc. Unidas, simplemente, al concepto de mujer del que deberían participar los hombres, gestados, amamantados y criados por mujeres, en pro de la consecución de la igualdad efectiva entre nosotros.

Un dibujo mural completa la instalación, segunda parte de la muestra. Se trata de dos hojas de un cuaderno de artista. Cada una de las autoras se ha valido de una de estas hojas para abocetar sus pensamientos, sus sentimientos. Dibujos y frases rápidas que mente, alma y cuerpo necesitan comunicar. Lina Vila acompaña la representación de una figura femenina que carga con la humanización de sus preocupaciones, de sus fantasmas, con el susurro Se me clavó una espina de carne de tu carne, sufrimiento de amor sobre el que posan su insistente vuelo siete moscas. No en vano, la mosca es símbolo de la tenacidad, del valor, y también de la muerte como recordara el poeta Antonio Machado. Alicia Vela, más optimista, anota Ellas, en duermevela, sólo recordaban las bolsas de los besos, dibujando además una bolsa que más bien parece una constelación de sueños de amor acompañada de gráciles libélulas, animal que evoca con toda la fragilidad de sus alas, presentes también en el tapete de la mesa camilla, el éxito, la felicidad, el coraje y la pureza.

Alicia Vela y Lina Vila conciben el arte como un mecanismo de autoconocimiento. Expresiones diferentes de un sentir compartido, un sentir femenino, que parece que empezamos a perder en la era de la igualdad mal entendida, confluyen en la Casa de la Mujer -es impensable escoger mejor espacio para desarrollar un proyecto de tales implicaciones- para transmitirnos, después de todo, un mensaje que va dirigido a todos, hombres y mujeres, expertos, aficionados o neófitos en la materia: el arte es la sublimación de los valores universales.

Paula GONZALO LES
Miembro de AACA y del comité de redacción de AACADigital, Becaria de Investigación en el Dpto. de Hª del Arte, Univ. de Zaragoza

Fecha de Entrega: 27/12/2010
Fecha de Admisión: 27/12/2010


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