Número 54 | Marzo de 2021
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Félix Lafuente, una vida en cinco actos
Reseña de la obra: Félix Lafuente. Pintor y escenógrafo, de Fernando Alvira Banzo, Instituto de Estudios Altoaragoneses, 2020
 
 

Fernando Alvira Banzo, vuelve a publicar en el Instituto de Estudios Altoaragoneses, sobre uno de sus temas favoritos; el pintor altoaragonés Félix Lafuente. Como bien afirma el autor en el prólogo de este libro: “Trasladado definitivamente a Huesca, la realización de los cursos de doctorado en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza, en los años ochenta del siglo pasado, despertó en él una creciente predilección por los artistas altoaragoneses del periodo que abarca la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX. Cuando con el doctor Ángel Azpeitia, maestro, amigo y director de tesis, se plateó el título de la que debería defender la primera de las posibilidades consistía en investigar y dar a conocer la vida y obra de algunos de esos altoaragoneses olvidados que desarrollaron lo mejor de su trabajo en el periodo histórico de la Restauración. Entonces surgieron, entre otros, los nombres de Martín Coronas, Félix Lafuente y Félix Gazo.  Finalmente la tesis se centró en el menos tratado por la comunidad científica aragonesa: el jesuita oscense Martín Coronas, un absoluto desconocido en su tierra  al que acompañaba un inconveniente todavía mayor que el de la distancia: la práctica totalidad  de su obra de pintor, ilustrador y dibujante se había dedicado a la iconografía religiosa”.

Huesca - Madrid (1885-1891)

Con un escaso apoyo económico de la Diputación Provincial de Huesca, el pintor oscense inicia sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios de la madrileña calle de los Estudios. Lafuente desde muy pronto entró a trabajar como aprendiz en los talleres de los escenógrafos Busato y Bonardi, que en ese momento eran los proveedores habituales del Teatro Real de Madrid, al que habían llegado de la mano del afamado Augusto Ferri. Las Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos,  que no acababa de cuajar en las estructuras académicas  del reino, impartían en ese momento sobre todo clases nocturnas para obreros y Lafuente asistía a ellas tras la jornada laboral en el taller de escenografía de los italianos. Ese taller no le iba a servir sólo para una subsistencia algo más holgada en la capital, sino que iba a ser un pilar fundamental de su aprendizaje y lo iba a dirigir hacia el oficio de pintor escenógrafo, que practicaría en diferentes momentos de su trayectoria y que influiría de manera evidente en muchos de sus trabajos de pintura de paisaje.

El regreso del hijo pródigo (Huesca, 1892-1904)

En 1891, tras el último curso en la Escuela de Artes, es probable que Lafuente hubiera dejado ya el estudio de escenografía y estuviera determinado a regresar a su ciudad, de la que comenzaba a recibir encargos de trabajo. El 17 de agosto de 1893 se había dado la real orden que establecía la instalación de las cátedras de Dibujo y Gimnástica en todos los institutos provinciales de segunda enseñanza. Lafuente daría clases de Dibujo hasta mediados del curso 1902-1903, cuando su compañero de pupitre del único año del que fue alumno de Instituto, Ramiro Ros Rafales, ganaría la plaza de catedrático. Durante los años de enseñanza, uno de los alumnos predilectos de Lafuente será Ramón Acín Aquilué. “Yo era el más joven de sus discípulos y fui también su discípulo amado. Para aquel maestro yo era el San Juan de sus discípulos. Discípulo amado que en todo un cuarto de siglo no  abandonó al amado maestro en el camino suave y florido hacia Jerusalén ni el espinoso ni empinado de su calvario”.   

Huesca – Zaragoza (1905-1916) 

Lafuente había dejado Huesca en 1905 y comenzaba a integrarse en la vida zaragozana no solo desde el estudio que mantenía en el paseo de la Independencia, sino también participando activamente en algunas de las tertulias de la ciudad, como las del Café Suizo, el Royalty, el Moderno o el Ambos Mundos, lo que le permitió conocer tanto a los próceres  de la ciudad como a los personajes populares que estaban en  boca de los contertulios.

Entre los trabajos que le eran encargados, las ilustraciones para todo tipo de publicaciones, libros, revistas y periódicos, hay que sumar una colaboración puntual con la Revista de  Aragón en la única portada iluminada con imágenes de esa  época de la publicación, portada que compartía con el tamaritano José Galiay que puede ser ejemplo de cómo Lafuente estuvo interesado en los modos del modernismo. También hay varios bocetos a la acuarela para portadas para la revista Blanco & Negro que encontramos en la colección familiar, en la que se pueden ver de igual modo portadas para libros como Los Sitios de Zaragoza e ilustraciones sueltas que por su composición y contenido parecen destinadas a las novelas de género. Pero el diseño de diplomas y carteles iba a ser uno de los trabajos más conocidos y mejor valorados  del joven profesor oscense. Sin embargo la imagen del pintor que sin duda quedaría en la memoria de los zaragozanos más tiempo fue la del cartel de las fiestas  del  Pilar de 1901. Aunque el pasquín  que lo consagra definitivamente como ilustrador en la capital es sin duda el de la Exposición Hispano-Francesa. Félix Lafuente no solo fue uno de los más importantes difusores de la Exposición a través de las imágenes oficiales  y los diplomas que le fueron encargados por la comisión ejecutiva, sino que participó de igual manera como decorador y como artista en la muestra.

En 1912 su actividad como pintor, escenógrafo y profesor de pintura estaba en su momento más dulce. No solo mantenía el taller de escenografía con Ruste, sino que participaba en la remodelación de alguno teatros- como el Parisina, que se inauguró con telones de su mano-, realizaba retratos de los artista que acudían a los escenarios zaragozanos, preparaba el mural  de tipos ansotanos  que acabaría en el Salón Azul del Círculo Oscense, pintaba unos de los murales  de la entrada del Casino Mercantil, parte de cuya decoración le había sido encargada, e impartía clases de acuarela con modelo vivo en el Ateneo zaragozano.

Redactor gráfico de Heraldo (1906-1908)

Que Lafuente se había convertido en redactor gráfico de Heraldo de Aragón queda claro porque comienzan a aparecer en sus páginas imágenes producidas a plumilla por el pintor. En más treinta ocasiones se publicaron dibujos de Lafuente en 1906 en las páginas del Heraldo, algunos bajo los epígrafes “Nuestras caricaturas”, “Torres aragonesas” y “Rincones de Zaragoza” y otros destinados a publicidad, especialmente en los cuadernos dominicales. La firma del oscense apareció más de cincuenta veces en el año 1907, en el que a las secciones anteriores se añadieron otras que presentaban las ermitas de Aragón, las ganadoras del concurso convocado para señoras convocado por el periódico y retratos de políticos- gobernadores, alcalde, diputados- además de abundantes dibujos publicitarios. A partir de 1908 los dibujos de Lafuente para Heraldo se fueron espaciando debido sobre todo a la irrupción de la fotografía en la prensa diaria, que se incrementaba exponencialmente durante el desarrollo de la exposición, pero todavía aparecen en los primeros meses del año, hasta abril, una veintena de dibujos.

El último refugio (Huesca, 1916- 1927)    

Lafuente estaba de nuevo y definitivamente  afincado  en su ciudad natal en 1916, al abrigo de sus hermanas en el piso afrontado a la fachada del palacio de los de Vilahermosa. Ramón Acín, lo describirá en el Diario de Huesca: “Más con todo su oscensismo y estima y aprecio de los suyos y no suyos, trájole a su  pueblo una maldita dolencia de muslos o calcaños, tan a las vistas ellas, que anda de piernas mi amigo y maestro tan torpe, como hábil de manos se conserva, y con esto comprenderán lo bien que pinta los que andar le vieren, y verán los que conocían sus buenos dibujos lo mal que va de pinreles, como se dice hoy a las extremidades inferiores en jerga de varietés. Tiene ya del todo instalado un estudio-academia que será de desear no le sople más viento que el de popa, para provecho del artista y prez y honra de la población que saldrá ganando con ello algo de tufillo del buen tiempo Florentino”.  Por el estudio de Lafuente pasaron algunos aficionados  a la pintura que con el paso de los años debían acompañar al maestro, cada día más imposibilitado, en el trayecto ente su domicilio en la calle Villahermosa y el estudio en el Coso Bajo.

Cuando su situación económica se hizo insostenible y ni el apoyo de sus hermanas era suficiente para adquirir medicinas que mitigaran su creciente dolor, varios ciudadanos, encabezados por Manuel Bescós, pusieron en marcha un homenaje que sirviera tanto para reconocer la trayectoria del pintor, que ya comenzaba a engrosar la lista de olvidados,  como para conseguir una pensión del Ayuntamiento que aliviara su penosa situación económica. Esa pensión no llegó nunca, si bien el Ayuntamiento, en septiembre de 1925 adquirió algunas obras de la exposición de agosto sobre el artista. También se acordó testimoniarle gratitud y, para darle realidad económica, contribuir al fondo de la exposición con una suma de 500 pesetas. La dimensión nacional de la noticia vino de la mano de Ramón J. Sender por medio de un artículo publicado en el diario El Sol, del que era colaborador habitual en ese momento: “Hace muchos años que Félix Lafuente no es más una forma inerte, animada a veces por esa llamarada azul y roja que el recuerdo levanta en sus ojos ante algún amigo viejo o ante una mujer nueva.  Viva y joven la imaginación, tensa y fuerte la  voluntad, los hados adversos redujéronle a una vida sombría (…) Ha quedado reducida su existencia al espectáculo monótono  del marco del balcón por donde pasa la procesión interminable de los días vacíos y fríos de soledad. Rara vez ponen una nota de optimismo en la calle las doncellitas que sacan a la luz de la tarde sus trajes claros. Entonces llega a su alma una invasión de luces que él hubiera plasmado en la tela, y surge de nuevo la levadura de tantas obras definitivas que la fatalidad impía le robó (…) El homenaje que se le prepara no puede ser más merecido. La tea de su imaginación recibirá con él una buena oleada de oxígeno puro, y para renacer de nuevo en optimismo sobre la tenacidad de unas sombras injustas”. El espacio elegido para colgar la exposición fue en la primera planta del Casino, cuyo Salón Azul, presidía el último mural pintado por Lafuente. La comisión encargada de preparar el homenaje, trataba de conseguir que quienes quisieran colaborar lo hicieran solicitando de la Diputación el pago de la deuda que tenía pendiente con el pintor, pero se añadía la posibilidad de adquirir obra directamente en los salones del Círculo Oscense. Todo lo que entendía Acín que era susceptible de ser adquirido por sus conciudadanos fue sacado del estudio y puesto en las paredes del Casino. Sin duda sus paisanos colaboraron. La lista de las obras que aparecerían en el catálogo y ahora ocupan lugares públicos y privados de la ciudad de Huesca no es corta, lo que nos da una idea de la respuesta de los oscenses para aliviar la vida del pintor en los dos duros años que tenía por delante. La exposición recaló en el mes de enero de 1926 en el Mercantil zaragozano.

Desapareció Félix Lafuente casi de inmediato de la memoria de una ciudad y un territorio especialmente dados a  despreciar a quienes se han preocupado en engrandecer su imagen con la fuerza de su trabajo, cualquiera que haya sido la labor llevada a cabo. Que los diez últimos años de su vida no produjera ni una sola obra motivó su desaparición absoluta del panorama artístico aragonés pese a los esfuerzos de algunos de sus amigos, como Ramón Acín,  que  mantenía viva su memoria.

José Antonio VAL LISA
Miembro de AACA, AECA y AICA y del consejo de redacción de AACADigital

Fecha de Entrega: 27/03/2021
Fecha de Admisión: 29/03/2021


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