Número 53 | Diciembre de 2020
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Volveremos de las sombras: Ángel Celada
Centre d’Art Taller d’Ivars, Benissa (Alicante)
 
 

Volveremos de las sombras es el título de la exposición de Ángel Celada (Valencia, 1972) que ha permanecido abierta entre octubre y noviembre de 2020 en el Centre d’Art Taller d’Ivars en la localidad alicantina de Benissa.

Un título que alude directamente al confinamiento al que nos ha sometido el Covid-19, pero también al largo periodo que Ángel Celada ha mantenido en stand-by su actividad creadora para dedicarse intensamente a la docencia.

Celada vuelve de un silencio creativo de casi 20 años y lo hace con el inusitado ímpetu de quienes tienen mucho que decir, tal como lo acreditan las 47 obras que forman esta exposición. Un periodo que, a la vista de su actual producción, lejos de considerarse como un parón, ha servido para revisar, sedimentar y ordenar muchas de las ideas que inspiraron sus obras anteriores. Podemos hablar de un “Ángel nuevo”, remitiéndonos al Ángelus Novus, el célebre cuadro de Paul Klee pintado en 1920 que adquirió Walter Benjamin. El filósofo alemán lo describió como un ángel a punto de alejarse del pasado, de una catástrofe que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies, mientras un huracán le empuja hacia el futuro y es tan fuerte que ya no puede cerrar sus alas. Una licencia comparativa que cobra sentido a la vista de algunos de los títulos de las obras de Celada realizadas un siglo después de la del pintor suizo, como De ruinas y renacimientos o Vuelta a empezar

Ese huracán que impulsa al pintor valenciano le ha llevado a desarrollar en apenas dos años una intensa actividad expositiva que continúa creciendo, principalmente en Valencia y Madrid donde le representan las galerías Thema y Herráiz respectivamente.

Hay mucho oficio en la pintura de Ángel Celada, un artista que domina la aplicación de superposiciones, texturas, transparencias y, principalmente, el collage como herramienta compositiva. Dentro de esta técnica es frecuente la utilización de letras, signos y fragmentos de textos, un recurso que enlaza con otra de sus pasiones: la literatura, en especial las lecturas de autores latinoamericanos que discurrieron en paralelo a su formación de pintor como las de Borges, García Márquez o Cortázar, a quien dedicó su tesina de licenciatura hablando de sus famas y cronopios. Pero no son las únicas, también Paul Auster, Eduardo Mendoza o algunos de los clásicos se imbrican en su trabajo y su experiencia vital. Una pasión que comparte con su hermano, el poeta Javier Celada, con quien Ángel ha colaborado en varios proyectos editoriales. Si escribir es haber leído, pintar puede convertirse en una manera de sublimar lo vivido, vinculando las experiencias a las lecturas que acompañaron a cada una de ellas. Una evocación que transforma las vivencias en fragmentos de memoria hilvanados entre sí como si de un patchwork se tratara. 

Texto, textura y textil constituyen la epidermis de las obras de Ángel Celada, pero bajo esta última superficie laten y vibran diversas capas que han ido configurando la composición definitiva. Un complejo proceso en el que el artista se entrega al goce estético de la tensión de la producción de la forma. Partiendo de una primera capa aleatoria, va incorporando estratos de pintura y de papel a la vez que empasta, rebaja, araña, rasga, raya, lija, funde, crea reservas en algunas zonas del cuadro (cicatrices) hasta vislumbrar algo que ha encontrado con su deseo, que ha venido súbitamente a retenerlo o a contradecirlo y emerge, tal como lo indica el artista: “… un resultado que a veces tarda en llegar y otras veces, las menos, me sorprende en forma de poesía”. 

Un proceder cercano al palimpsesto con la intencionalidad que apunta Rosalind Krauss al considerar el collage, como “… una exploración sistemática de las condiciones de representabilidad que conlleva el signo y una pérdida de jerarquía sustituida por la parataxis: una esquina es tan importante como la otra esquina. Ya no hay un sistema central que imponga un orden y la presencia es reemplazada por el discurso, un discurso fundado en un origen enterrado”.

Así, el aparente desorden de las composiciones de Ángel Celada nos remite, paradójicamente, a un sosegado equilibrio que hace suyo el aforismo de Heráclito: “El mundo más bello es un montón de escombros arrojados al azar”. 

El resultado final no es un ejercicio de sinestesia entre pintura y literatura, entre color y tipografía; ni los fragmentos de los textos que emplea en sus composiciones persiguen el objetivo del lorem ipsum en el diseño gráfico. Tampoco es una invitación a la pareidolia, el fenómeno que llevaba a Leonardo da Vinci a ver en las manchas de las paredes personas, animales, paisajes, combates, figuras en movimiento o disfraces extravagantes. El conjunto de la obra que presenta Ángel Celada funciona como un cuaderno de bitácora, como un registro vital sincero y sencillo de todo lo acontecido, en clave estética, antes de que se cumpla la máxima de Ovidio, Tempus edax rerum, y el tiempo acabe devorando el recuerdo de nuestras experiencias, porque como el propio pintor manifiesta, “no puedes tapar todo lo vivido, ni esconder la basura debajo de la alfombra. Todo emerge tarde o temprano”.

Diego ARRIBAS
Doctor en Bellas Artes. Miembro de AACA, AECA y AICA.

Fecha de Entrega: 28/12/2020
Fecha de Admisión: 29/12/2020


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