Número 52 | Septiembre de 2020
Paseo María Agustín nº 20 Zaragoza - 50004     Tfno.: 976 28 06 60      jpl@unizar.es Normas/plazos para la propuesta de artículos
(call for papers)
imprimir
 
Una excelente compilación de escritos de Chueca Goitia sobre la ciudad histórica.
Ascensión Hernández Martínez, Las ciudades históricas y la destrucción de legado urbanístico español. Fernando Chueca Goitia, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2019.
 
 

Para entender el alcance e importancia de este libro es preciso antes acercarse a la autora, a su trayectoria, estudios e investigaciones. Ascensión Hernández es profesora titular de Historia del Arte en la Universidad de Zaragoza y su perfil es clave: la conservación e intervención del patrimonio, con atención especial a la arquitectura. La trayectoria es larga —uno de sus primeros artículos está dedicado a las intervenciones de Ricardo Magdalena y la restauración monumental en el siglo XIX (1989)—, y rica. Por eso, en esta ocasión solo voy a nombrar dos aspectos especialmente relevantes: su preocupación por el no lugar del profesional de la historia del arte en las plataformas donde se tratan las cuestiones del patrimonio cultural; y su dedicación a poner en valor tanto a los arquitectos como a los historiadores del arte que han participado en su defensa.

En relación con la primera cuestión, la progresiva pérdida de presencia de los historiadores del arte, la profesora Hernández ya llamó la atención sobre este lamentable proceso en 2000. Su artículo, publicado bajo el elocuente título, no exento de nostálgica ironía, “¿Que hace una chica como tu en un sitio como este? (Algunas reflexiones acerca de la relación de Historia del arte y el patrimonio cultural)”, recogía los resultados de su memoria docente, ese trabajo que da la oportunidad de pensar sobre una actividad principal del profesor de universidad. La Dra. Hernández es de las pocas profesoras titulares de universidad en esta materia que sigue sin estar apreciada por buena parte de nuestros colegas, al menos esa es mi experiencia personal desde la UAM, lo que explicaría que la situación de la no presencia de los historiadores del arte en esos foros haya empeorado: se puede decir que definitivamente hemos desaparecido.

Respecto a la otra cuestión, Ascensión Hernández es una de las principales valedoras del pensamiento y la actividad desarrollada por Fernando Chueca y se necesita claridad de criterio y determinación para ello. Es verdad, como dice la investigadora, que la figura se ha visto un tanto oscurecida en la historiografía porque se ha “simplificado y despreciado sus aportaciones al considerarlo un arquitecto poco moderno y excesivamente historicista” (p. 20), pero no es menos cierto que es difícil trascender algunas de sus intervenciones; porque me toca muy de cerca baste nombrar el horror de la catedral de la Almudena —horror rematado por la fachada del Museo de la Reales Colecciones de Patrimonio Nacional. Esta obra, que a Chueca le ocupó prácticamente toda su vida profesional (1950-1993), es un legado permanente que ha destruido irremediablemente una de las vistas más bonitas de la ciudad de Madrid.

La puesta en valor del pensamiento y la obra de Fernando Chueca Goitia ha sido una labor llevada a cabo de forma continuada por Hernández desde 2008. Desde entonces ha desarrollado un acercamiento y estudio sistemático de su trabajo y escritos con “una visión crítica”, como precisa el discípulo del arquitecto, Pedro Navascués Palacio, en la presentación del libro. Una de las complejidades que ha tenido que afrontar la investigadora es la selección textual pues, como ella misma explica en la entrevista con motivo de haber recibido el Premio AACA 2019 a la mejor publicación de autor o tema aragonés —publicada en el número anterior de esta revista—, Chueca Goitia “fue un prolífico escritor, además de un extraordinario orador, por lo que eran muchos los textos interesantes que podían haber formado parte de una antología de sus escritos”. Pero si el trabajo de Chueca es relevante, en este libro lo que resulta enormemente valioso son las aportaciones y comentarios de Ascensión Hernández que, más allá del disenso de opinión, ayudan al lector a contextualizar y ponderar las opiniones y propuestas del arquitecto-historiador. Por otro lado, en la escritura destaca el cuidado y precisión a la hora de elegir las palabras, algo que se agradece pues en esta temática si algo aburre es el mal uso y abuso del lenguaje y los juegos de palabras.

Consciente de lo expuestos que estamos a esos juegos y de que cada palabra tiene un significado y un contenido determinado, Hernández señala a aquellos que amparan auténticos desatinos, disfrazados de supuesta modernidad, bajo nuevas nomenclaturas. En este sentido es recomendable la lectura de uno de sus últimos ensayos, “El patrimonio cultural en la época del capitalismo de ficción”, publicado en el catálogo de la exposición Joyas de un Patrimonio V. Restauraciones de la Diputación Provincial de Zaragoza (2011-2019). Aquí, entre otras cosas, pone en evidencia la retórica eufemística empleada, por ejemplo, por el arquitecto Fernández Galiano donde el valor histórico y la restauración han sido sustituidos por expresiones como arquitecturas transformadas que legitiman la reutilización, recualificación y el reciclaje ad libitum que estamos viviendo. Desde este lenguaje supuestamente cargado de modernidad se pretende justificar intervenciones donde los edificios son víctimas de arquitectos que los desnaturalizan y descontextualizan de si mismos. Y esta es una de las principales aportaciones que ofrece el libro que comentamos: el diálogo entre el pensamiento de Chueca Goitia y el de Hernández, en ambos se resalta su capacidad crítica ante la realidad que están viviendo, sin dejarse amedrentar ni arrastrar por la moda y la petulancia de los que se dicen abrazan la actualidad y el progreso.

En definitiva, como se puede comprobar, se trata de un libro con múltiples lecturas y que me ha interesado y reconfortado, quizás porque también participo de esa idea de que solo si somos culturalmente conservadores podemos ser políticamente progresistas: si la barbarie es la que trata de hacer tabla rasa con el pasado (y eso lo experimentó Chueca Goitia), la incultura solo sabe del presente (eso es lo experimentamos ahora).La pérdida de toda huella de la historia debido a las intervenciones es una problemática que ha interesado especialmente a Hernández —y sigue siendo sugestivo e ilustrativo su ensayo sobre La clonación arquitectónica (2007)—, y es que esta pérdida lleva intrínseca la problemática de la dimensión humana del patrimonio cultural y lo desgarradora que resulta su desaparición. Es cada vez más urgente una toma conciencia en la que es preciso educar a las generaciones actuales, pues es constante la amenaza que se cierne sobre él a nivel global, y basta sentarse a visionar el documental La destrucción de la memoria basado en el libro de Robert Bevan (https://www.youtube.com/watch?v=W2ZEl2NHkww). Educación era lo que reclamaba Chueca Goitia, educación estética para la población, educación en los responsables políticos y de la administración, educación humanística e histórica en las escuelas de arquitectura, algo que progresivamente se fue perdiendo a medida que esta disciplina se fue integrando en la esfera de las escuelas técnicas tras desgajarse de las academias de bellas artes. Educación y cultura: “la incultura en el arquitecto se cubre con el ropaje engañoso de su originalidad” y el respeto hacia la antiguo “como prueba de escasa energía creadora” (p. 135).

El libro se organiza en dos partes. La primera se inicia con un breve perfil humano y profesional del arquitecto que da paso a dos capítulos: uno referido a la visión y conceptualización que tenía Chueca Goitia sobre la ciudad histórica que sirve a su vez de introducción a los ensayos que se han seleccionado y se vuelven a publicar en la segunda parte del libro. El otro capítulo se centra en el libro La destrucción del legado urbanístico español —publicado en 1977 en la colección Boreal que dirigía Julián Marías, de la editorial Espasa Calpe—, donde sirviéndose del ensayo, su “fórmula narrativa favorita”, Chueca Goitia dejó entretejidos su pensamiento y opinión con la propia experiencia vital. Se trata de un “texto de carácter sumamente personal”, de un testimonio revelador “de la sensación de pérdida experimentada por un experto estudioso de la historia de la arquitectura al que le duele España”, pero escrito de tal forma que se imbrican las “experiencias personales con los conocimientos históricos”, donde el autor encuentra “paralelos y referencias entre los diversos casos analizados” con “un saber penetrado de vida”: Chueca “camina por las calles, y mientras deambula por ellas” se presenta a si mismo como “un flaneur, intercambiando sus impresiones con el lector y también con los escritores que han escrito sobre ellas (pp. 63-64). Esta presencia de quien escribe es característica de ese grupo de intelectuales que hacían del conocimiento directo y personal de la obra de arte y el monumento el punto de partida de su reflexión y no se escondían tras una erudición impostada que tanto aliena y tan poco añade: “El intelectual absorbido por los temas librescos y literarios, en general permanece impasible ante la creciente brutalidad que está secando las fuentes de la percepción estética, destruyendo el horizonte de nuestro mundo visual cercano” (p. 133).

Un breve repaso a los textos seleccionados puede dar una idea al lector de la riqueza e interés que ofrece el libro, teniendo muy en cuenta que se escribieron en los años del desarrollismo donde prácticamente no hubo zona de las ciudades españolas que escapasen a la especulación y los centros históricos fueron áreas realmente castigadas. En “La transformación de la ciudad” (1963), comprendemos lo que era la ciudad para Fernando Chueca, una obra de arte en sí misma, una creación resultado de la interacción del hombre, la naturaleza y el tiempo, un proyecto colectivo donde se acumulaban las vivencias de la población y los recuerdos; así se entiende su desprecio por la ciudad contemporánea, un juguete de la especulación, donde el espacio público había perdido toda calidad habitable debido al sometimiento del tráfico rodado. Denuncia la tiranía del automóvil, el crecimiento descontrolado de la ciudad alentado por políticos y técnicos, y la pérdida de identidad por la constante imitación de modelos extranjeros.

La última idea es capital para entender el proceso de pensamiento de Chueca Goitia: la importación de formas y tipologías foráneas lo vivió como un proceso de desplazamiento de lo vernacular incluida la del siglo XIX de la que fue un convencido defensor. Casi se puede decir que el arquitecto lo vivió como un proceso de aculturación que no supone animadversión ni a los arquitectos del Movimiento Moderno ni a la nueva tipología representativa del progreso y la modernidad, el rascacielos. El rascacielismo, como lo definía Chueca, era una enfermedad que había afectado a todo el país y la cuestión era que “los actuales rascacielos, sin estética, ni gracia, mientras que hemos perdido la urbanización popular del siglo XIX” (p. 43); que “el rascacielos es siempre de mal gusto, es por esencia agresivo, no admite la convivencia civil. Hasta los urbanistas y arquitectos mas proclives a la construcción en altura consideran que el rascacielos es necesario aislarlo, tenerlo separado en medio de un espacio vació que compense lo que él acapara d aire y de luz” (p. 73).

Probablemente este modo de pensar y las constantes pérdidas sean las razones principales por las que se fue radicalizando en la idea de la imposibilidad de diálogo entre la ciudad histórica y la contemporánea. Así hizo de los planteamientos de la Carta de Atenas (1933) su resistencia, apostando por un control estilístico estricto que impidiera insertar elementos de arquitectura contemporánea. Como agudamente señala Hernández, esta postura implicaba rechazar el espíritu de la Carta de Venecia (1964) y no aceptar en esa idea sugestiva que Chueca Goitia tenía de la ciudad como palimpsesto producto del tiempo, que la capacidad creativa contemporánea tuviera un lugar. Pero lo que es peor es que llevó una defensa a ultranza del “fachadismo”, un mal que experimentamos hoy hasta extremos que probablemente el arquitecto no podía haber imaginado: basta citar la “Operación Canalejas” frente a la Academia de Bellas Artes de San Fernando de la que fue miembro de número y arquitecto responsable de su remodelación y mantenimiento hasta su fallecimiento. Como subraya Hernández, el “fachadismo” es un tipo de “actuación que congela la imagen de la arquitectura histórica en una piel (la fachada) negando lo histórico y arquitectónico de la estructura, los materiales y las técnicas constructivas que se hacen desaparecer en un derribo” (p. 32). En mi opinión, son los propios arquitectos destruyendo y banalizando la arquitectura para dejar su impronta amparados por ignorantes que no saben ni verla ni apreciarla y uno de los casos recientes más dramáticos es la intervención de Rafael Moneo en el claustro de los Jerónimos aprisionado en su ampliación del Museo del Prado.

En el ensayo “Las ciudades históricas” (1965) entre otras propuestas, Chueca Goitia llama a la acción, pues en “ vista de que los instrumentos del poder central son insuficientes e impotentes, los ciudadanos más conscientes y educados deben tomar por sí mismos la salvaguardia de sus valores culturales”; lo que cabe hacer es una “especie de milicia popular que defienda el patrimonio propio, que denuncie ante todos los tribunales de apelación a los infractores, sean privados o públicos, que atentan al patrimonio común” (p. 133).

La conferencia dada en Granada transformada en publicación con el título El problema de las ciudades históricas (1968) es un texto clave como pone en evidencia Hernández, entre otras razones porque son claras sus propuestas para proteger la ciudad: delimitar los centros históricos según el perímetro que tenían en 1900; prohibir el incremento en el volumen de edificación; escrupuloso respeto a todos los elementos incluida la vegetación; ocupar los edificios históricos con instituciones públicas y privadas representativas; estricto control de los derribos pero si es preciso salvar fachadas y patios… Ante el siguiente texto, “El neomudéjar, última víctima de la piqueta madrileña” (1971) soy especialmente sensible por mi doble condición de madrileña e historiadora del arte, la primera porque esa defensa ha hecho posible que hoy sigan en su sitio las Escuelas Aguirre; la última porque la cuestión del estilo mudéjar es uno de los grandes temas de nuestra historiografía en la construcción de una identidad nacional. El último texto “Patrimonio y patrimonio urbano” (1982), refuerza esa idea de la ciudad como obra humana e insiste el arquitecto en que la tecnología no puede sustituir a la historia.

Si en la segunda parte la voz es únicamente de Chueca Goitia, en la primera es donde están entretejidas las dos temporalidades y maneras de hacer del arquitecto y la historiadora frente a la situación respectiva en la que se encuentra el patrimonio: el desarrollismo que acaba con el pasado, marco de referencia de Chueca, y el capitalismo de ficción que comprometen el pasado cancelándolo, falsificándolo, mitificándolo o simplemente traicionándolo. También se evidencia el contraste de personalidades. Chueca en la mayoría de sus textos escribe auténticas diatribas, mientras que ella impugna y refuta, no desarrolla esa confrontación visceral que el arquitecto sostuvo contra los “enemigos de la ciudad histórica”. Si bien es cierto que el tono empleado por parte del arquitecto era el que más se ajustaba a la situación de urgencia que se estaba viviendo en la década de los sesenta y setenta del siglo pasado, una auténtica lucha desde la trinchera en la que no estaba solo; es especialmente valioso en este sentido el apartado dedicado a los “Estudios sobre la desaparición del patrimonio monumental español” (pp. 50-63).

En esas páginas Hernández da visibilidad al colectivo de gentes sensibles ante lo que estaba ocurriendo. Y leyendo a Chueca Goitia se constata el alcance de su lucha ante la crudeza de las tensiones a las que estaban sometidas las urbes españolas donde los derribos con nocturnidad y alevosía eran constantes. Gracias a esa lucha se puede decir que hoy conservamos algo de nuestras ciudades históricas. Destaca en aquella defensa la presencia de historiadores del arte —Gaya Nuño, Federico Torralba y Lafuente Ferrari, entre otros—, de arquitectos y, sobre todo, de los Colegios de arquitectos que llevaron a documentos tan importantes como la “Declaración de Palma” de 1972. Como explica Hernández, “poco o nada se conoce en realidad sobre los debates que se produjeron en nuestro país” (p. 15), y merece la pena recordar que eran los colegios de arquitectos los que denunciaban las intervenciones, demoliciones y la desidia del poder. Actitudes que nos resultan extrañas, pues hoy esos “colegios” parecen más interesados en darles un sitio de honor a esos políticos con el correspondiente seguidismo; es verdad que me influye enormemente que escribo desde Madrid y estoy pensando en Paloma Sobrini Sagaseta de Ilurodz, en el lugar deferente que ocupó en su toma de posesión como decana Esperanza Aguirre, y en los cargos que ha ocupado tras ese decanato tanto en el Ayuntamiento como en la Comunidad de Madrid.

Fernando Chueca Goitia (1911-2004) pertenece a esa generación que vio truncada la vida por la guerra —se le impidió el ejercicio profesional durante cuatro años—y su vinculación al grupo orteguiano —le unió una estrecha amistad con Julián Marías y Enrique Lafuente Ferrari—, le llevó a ese espacio que se ha denominado exilio interior que a la postre resulta tan fragmentado, difuso y complejo, como el exilio exterior. Pero si algo caracteriza a este grupo es su formación humanística y cultural, su laboriosidad que se refleja en la escritura —en el caso de Chueca, se añade su actividad como arquitecto— y sus ansias por estar al día, el carácter cosmopolita, y el compromiso con su manera de pensar y su profesión.

Chueca Goitia se constituyó en un referente en la defensa del patrimonio urbanístico y, aunque eso pudiera parecer algo fácil visto desde hoy por esa tendencia que hay a simplificar el pasado y con ello la vida de las gentes, lo cierto es que para alcanzar ese estatus fue preciso valor y claridad de exposición de ideas, dos actitudes que generan tanto partidarios como enemigos, siendo objeto de ácidas críticas sobre todo por parte de aquellos que se encontraban al frente de las instituciones que motivaban su examen y crítica. El libro da testimonio de todo ello y de la profesionalidad y compromiso de Ascensión Hernández.

Jesusa VEGA
Catedrática de Historia del Arte, Universidad Autónoma de Madrid

Fecha de Entrega: 28/07/2020
Fecha de Admisión: 29/07/2020


<< volver imprimir