Número 6 | Marzo de 2009
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Habla la plástica: Entre la Exposición Hispano-Francesa (1908) y la Exposicion Internacional (2008):
Genius Loci. Visiones artísticas de una ciudad , Zaragoza 1908-2008� (Cajalón, 26 febrero-17 abril 2009)
 
 

Resumen:

Aproximación al montaje y contenidos de la exposición "Genius Loci: visiones artísticas de una ciudad, Zaragoza 1908-2008"


Abstract:

An approach on the design and contents of the exhibition "Genius Loci: visiones artísticas de una ciudad, Zaragoza 1908-2008" 

Palabras clave castellano: Arquitectura, artes plásticas, urbanismo.
Palabras clave inglés: Architecture, arts, urbanism.

 

Bajo el título “Genius Loci: visiones artísticas de una ciudad. Zaragoza 1908-2008” se recoge una fabulosa idea expositiva y de difusión, que se regala a una ciudad que revisita así su memoria a través de la creación y la recreación plástica de más diverso signo. En un loable esfuerzo programático y globalizador, esta muestra hace pendant en cierta medida con la celebrada recientemente en el Centro de Historia de Zaragoza, “Vistas de Zaragoza: pinturas de la modernidad”, comisariada por Jesús Pedro Lorente Lorente.

Una idea, decíamos, interesante porque funciona en sí misma como eslabón para una sugerencia más amplia y de naturaleza interdisciplinar, que arranca de una muestra acaecida en la sede del Colegio de Arquitectos, y localizada en el marco de la Exposición Internacional sobre el agua y el desarrollo sostenible del pasado año. La propuesta nace del trabajo ilusionado de Carlos Buil y Ricardo Marco, que también han ejercido como comisarios, coordinadores y diseñadores, para todo este vasto programa.

Ese mencionado evento, denominado “Un siglo de arquitectura en Zaragoza: 1908-2008. Historicismo – Vanguardia - Diversidad” dedicado íntegramente a la arquitectura zaragozana, actuó como detonante para la generación de dos réplicas que vendrán a complementar un punto de vista de la urbe mucho más general y enriquecido, acogiendo variadas sensibilidades y procedimientos.

La primera de estas iniciativas “Zaragoza 1908-2008: la evolución de una ciudad. Registros urbanos de una centuria”, se situó asimismo en el Colegio de Arquitectos de la capital aragonesa, y reunía valiosos ejemplos de planimetría, un punto de vista técnico que conformaba el necesario contrapunto de la otra materialización prevista de esta ambiciosa voluntad de realce del patrimonio arquitectónico y urbanístico de Zaragoza.  

Esta otra versión responde al apelativo mismo que titula este texto, Genius Loci: visiones artísticas de una ciudad. Zaragoza 1908-2008”, y es divulgada en un entorno privilegiado, el antiguo Centro Mercantil, Industrial y Agrícola -actual sede de Cajalón- con atractiva fachada modernista de Francisco Albiñana, y una factura interna donde interactúan algunos de los artistas más señeros del pasado siglo1, convirtiendo al Centro en un esplendoroso foco de confluencia de las artes.

Como queremos poner de relieve, la elección de un edificio que es parte inseparable del devenir reciente de Zaragoza, para albergar parte de un conjunto de exhibiciones consagrado precisamente a este paseo artístico por la historia, se resalta como un delicado acierto. La construcción ofrece un decorado de excepción para un conjunto de obras que, a su vez, aportan a la constancia de la construcción una elegante y novedosa vestimenta. Obra plástica y obra arquitectónica se retroalimentan, dialogan, y una señala a la otra.

El planteamiento desplegado en el conjunto de piezas que integran la colección reunida eventualmente en las salas de Cajalón, presenta de nuevo el signo de la dualidad. La primera parte, “Retratos urbanos de la ciudad”, abarca treinta y seis piezas que exploran, mediante distintas técnicas plásticas, algunos momentos y fragmentos de la ciudad entendida en su vertiente más contemplativa, donde tiempo de observación y tiempo de permanencia sobre el soporte, de esa mirada peculiar -la del artista- confluyen en una instantánea intelectualizada.

La segunda sección, “Aporías artísticas del siglo XXI”, responde a un espíritu más libre en cuanto al enfoque establecido por los comisarios. En este caso se solicita a los autores que plasmen una interpretación personal de la ciudad, sin embargo habrán de acogerse al imperativo de un soporte concreto e igual para los treinta artistas que figuran en esta sección: un plano de la ciudad de medidas estándar, ploteado sobre papel verjurado. Así, en esta particular manera, se invita a intervenir sobre una abstracción, el plano de una ciudad2, a añadir su impronta física sobre el mismo y alterarlo.

En ambas fases se trata de una cuidada selección de artistas y obras, representativos tanto de la contemporaneidad, como de la más reciente actualidad, dentro de la temática explorada.

   
   

 Así, en el primer caso, contamos con sendos ejemplos de óleos costumbristas firmados por Juan José Gárate, con Vista de Zaragoza (1908), y por Marín Bagüés, con La jota (1932) -que ya introduce recursos vanguardistas para expresar dinamismo-, o algunos ejemplos de carteles realizados para las fiestas del Pilar de 1908 y 1933, de Victoriano Balasanz, y Enrique Ortega Frisón respectivamente, en los cuales se incluyen panorámicas de la ciudad siempre como telón de fondo, contraste a menudo de una realidad tecnificada con un protagonismo de motivos emblemáticos.

En contraste, las amplias vistas paisajísticas de la ciudad -pero esta vez sin servir como situación para la figura humana- en dos piezas de los años cuarenta del siglo XX, nacidas del talento dibujístico de Alberto Duce, y de otros que asumen una óptica similar, que otorgan todo el predicamento al paisaje, en distintos soportes, técnicas y efectos. Así como Cecilio Almenara, cuyo óleo plasma los contornos en altura de la urbe, marcado por sus hitos arquitectónicos más sobresalientes.

En esta línea, destaca la puntillosa ejecución de un alzado técnico, propia del oficio, que protagoniza Regino Borobio Navarro, con tinta china sobre papel, en Alzado de la ciudad (1959).

La tinta china es el recurso que aplica también Gonzalo de Diego en su Vista desde el torreón (1968), si bien aquí sirve para trazar compartimentos que luego son rellenos con mancha de gouache polícromo, en una ejecución de dibujo similar al propio de la ilustración, así como en los Tejados de Zaragoza (1985) de Popi Bruned, de fino regusto naïf en su factura. En ambas piezas, el punto de vista que describen los títulos focalizan el interés, ya no en la línea de tierra, sino a vista de pájaro, desde lo alto y en picado, escogiendo a menudo localizaciones de gusto personal, o los puntos de vista que marcan su cotidianidad. Este es el caso del óleo de Luis Esteban Ramón -desde su propio estudio-, o del doble acrílico de César Sánchez Vázquez. Una interpretación muy personal es la que ofrece la obra de Javier Borobio, en mixta sobre papel y madera, que integra producción pictórica y mensaje escrito. Componente textual que está también presente en El Canal (2007), ejecutado mediante grafito por Florencio de Pedro.

Otros creadores escogen emplazamientos peculiares, como es el caso de Antonio Casedas Romano con el Barrio de San Pablo, o las dos planchas de zinc ejecutadas por Ignacio Fortún del Barrio de Delicias y del Barrio de Juslibol. En una tónica similar, el grabado de José Luis Martínez Ferrer, que mira la ciudad desde la lejanía de La Cartuja, perdiéndose casi la referencia urbana en el horizonte para dejar todo el protagonismo al camino. Este efecto es patente en Camino de Montañana (2008), de Pepe Cerdá, o en el río Ebro del óleo de Ignacio Mayayo, o en el Museo imaginado (2006) presentado por Javier Riaño. Incluso en un trazado de las vías del tren que sume a Zaragoza en la pesantez de la niebla, en el dibujo de Paco Lafarga.

Miguel Ángel Arrudi observa una Zaragoza progresiva, marcada por un fenomenal trafico aéreo, en una extensa panorámica general de su skyline. Otra vista global pero, esta vez, casi un remedo acrílico de la fotografía aérea, es lo que nos ofrece Fernando Bayo en su reciente Zaragoza 2008.

Siempre llaman la atención esas grandes superficies dibujadas con escrupuloso detalle mediante el laborioso trazo del grafito, cubriendo amplias superficies, así sucede en el caso de Zaragoza. Vista panorámica (1980) de Jorge Gay, con línea y mancha de evocador efecto atmosférico. O el delicado Zaragoza, Casco Viejo (1986), de Ignacio Mayayo, que se recrea en cada pormenor con un afinado realismo. Aunque varía la técnica aplicada, esa misma conexión con cierta realidad urbana se percibe en Amanece en la ciudad gris (2005), o en Calle Mayor (2007), de Eduardo Laborda. Al hilo, Santiago Arranz nos presenta otra manera de dar forma mediante el grafito, al introducir una escena bosquejada en su Vista de Valdespartera desde el Parque (2008).

Algunos autores como Ángel Aransay o Fernando Cortés -en unas realizaciones de aguda estilización-, abstraen el plano de la urbe en sinfonías de líneas dinámicas y manchas cromáticas, haciendo incluso un guiño al imaginario en el caso de una de las piezas de Aransay, recordando una Zaragoza antigua (1976) de formas ondulantes, pensadas. Siguiendo una tendencia matérica en la representación, primando la macha de color sobre la línea y sus límites, la obra de Eduardo Salavera se recrea en la representación de San Gil Abad (1990), mientras en otra de las obras, de reciente factura, el autor, Jesús Sus, retrata un peculiar Paisaje de la Estación del Portillo (1992), o Martín Ruizanglada, quien hace lo propio Desde la MAZ II (1995). Por su parte, Ángel Pascual Rodrigo nos ofrece su visión de La ciudad (1992) en una presentación que nos retrotrae casi a una dimensión proto-cubista.

Aunque cierre nuestro discurso acerca de esta sección, nos referimos ahora a la pieza escultórica que, precisamente, recibe al paseante antes de penetrar en las salas. En concreto El león como símbolo pintado (2006), de Pedro Flores, que forma parte de la serie en poliéster y fibra de vidrio que se realizó como homenaje a los simbólicos y flamantes leones de bronce que realizara el escultor Francisco Rallo Lahoz para el Puente de Piedra. Aquí, Flores pinta la ciudad sobre la superficie del león, quizá manifestando el fuerte poder simbólico de estas piezas que también nos dan la bienvenida y nos despiden a las puertas de la ciudad de Zaragoza.

   

   

 

 La sección de las Aporías artísticas, cuenta con muy diversas motivaciones vertidas del modo más diverso sobre la superficie única, determinante, y sugestiva, en un gesto que se aproxima al ya comentado en el caso de “El león como símbolo pintado”, con veinticinco piezas de factura industrial ofrecidas a un elenco de artistas como base para sus intervenciones, o la itinerante “Cow Parade”, con la vaca como lugar para el ejercicio plástico, y que se viene desarrollando desde 1998, por citar algunos ejemplos.

Ante el plano, los artistas han reaccionado, accionado e interaccionado de las maneras más diversas, y con los materiales y sustancias más insólitos. Desde quien acicala el escenario de la aventura de seducción con su fragancia, como sugiere Abdul Vas en Rock'n'roll Damnation, hasta la transformación de todo el dispositivo mediante una adición de un plano a menor escala rodeado del delirio psicodélico del acetato, en la propuesta de Jesús Fraile. Una metamorfosis del plano dado también caracteriza la obra de M. Tendero, Todo lo invertebrado que se quiera, suerte de escenario posible para una literatura de anticipación. Un escenario rocambolesco, de delirio suprarreal, es lo que sugiere el collage de Ignacio Mayayo, titulado Acuario, que concita disparidades gravitando sobre la ciudad, y más presentes que ella misma.

La suma de elementos en el plano es una dinámica que se observa en varias piezas de esta sección. Comenzando por una visión abiertamente crítica gestada por Sergio Abraín en Genius Loci, o el Aquí nunca pasa nada aunque pase, de Miguel Ángel Arrudi, que introduce también detalles biográficos solapados con un cuestionamiento del devenir de la ciudad por distintos factores. Algo similar es patente en Zaragaza: rama y nido roto, de Germán Díez, que incorpora collage de fragmentos. O en La ciudad fagocitada, de Nefario Monzón, que aúna las letras que conforman la palabra “Zaragoza” pendientes de varias grúas que configuran el actual paisaje urbano, tema alrededor del cual gira asimismo la realización de Fernando Martín Godoy, titulada La ciudad de los muertos. En City & Work, José Luis Lomillos añade el yen, billetes chinos como collage de una composición que atenta el plano mediante la generación de un personaje antropomorfo.

El lenguaje como hecho artístico, es incorporado por autores como José Luis Cano, superponiéndolo al soporte en su pieza titulada Exilio. La obra sin título de Enrique Larroy, simplemente añade mediante impresión digital, en grandes caracteres, la pregunta ¿Quién dedide esto?. Y en un guiño de marcado homenaje, titulado Capricho para el ciudadano Goya, Paco Rallo nos obsequia con un “capricho” revisitado, pues añade al plano una frase en vinilo que exclama con ironía “Y los Notarios dan Fe!”.

El ensamblaje de elementos también se da cita en la obra presentada por Edrix Cruzado, quien recurre a los elementos metálicos seriados para acoger una disposición matemática, construida, apasionada. Por su parte, pero también siguiendo una dinámica de estructura minimalista, Jorge de los Ríos presenta un collage titulado Mapaz: Límites vivos, donde pretende llamar la atención sobre los hitos que marcan la evolución urbana, en cuanto a espacio, tiempo, y progresión social y cultural.

Otra línea explorada por algunos autores radica en la utilización de la superficie del plano como lugar para el hecho pictórico integrando, en mayor o menor medida, el trazado urbano y su dibujo. Desde los gestos sígnicos de A vuelo de mosca, de Félix Anaut, hasta la base medio oculta en Caminando, pensando, construyendo, de Santiago Arranz. Otro tanto hace Carmelo Rebullida en El origen, logrando una superficie de gran textura matérica que, esta vez, sepulta toda la superficie de base. Igualmente en Javi Joven, quien deja totalmente oculto el trazado del plano para introducir una amalgama de elementos gastronómicos y bélicos en su Zaragoza kilombo. Y sólo una escuálida señal del Ebro ha conservado la obra de Ángel Orensanz, paradigma de la mezcolanza de materias, formas y presencias en una idea productiva de ciudad.

La impresión digital de José Manuel Broto genera una composición colorista lograda por procesos industriales que impone la plasticidad orgánica sobre el modelo sistemático, y que resulta tan efectiva como la llamativa Zaragoza, de José Luis Lasala, que añade acetato para matizar el efecto cromático. Mediante acrílico, Paco Simón logra un efecto orgánico en una idea que titula Reinserción en la ciudad del funcionariado y la clase política, donde late esa vena de cuestionamiento tan agudamente explorada por muchos artífices en esta exposición.

Por su parte, Pepe Cerdá superpone calidades cromáticas en forma de impresiones de acuarela, para una visión del perfil urbano que, unido al plano de soporte, articulan su Planta y perfil. Por su parte, María Enfedaque, colorea con lápiz azul distintos trazados más o menos aleatorios en el plano, convierte en acuáticos algunos elementos que no lo son. Y así es como hace Lina Vila en una Zaragoza teñida de rojo sangre, donde incluye un híbrido entre un cuerpo de mujer y el de una paloma gris, animal que se ha impuesto como simbólico en cada rincón. Incluso la pareja de artistas José Prieto y Vega Ruiz, realizan un homenaje a Christo y Jeanne-Claude, en su Zaragoza empaquetada.

Un buen número de estos artífices incluyen un discurso personal, fragmentos de su biografía, como motivo en torno al cual articular su expresión sobre la ciudad. Eva Armisén superpone a las líneas del plano las propias de una figuración infantil, y usa el trazado figurado del río Ebro para introducir algunas anotaciones vivenciales. De algún modo esto es lo que percibimos en la realización de Ignacio Guelbenzu, y su Plaza de la Corona, en torno a la cual teje una historia con contenidos personales. También Margó Venegas aprovecha las formas generadas por el plano zaragozano para recrear personajes, dinamizando el urbanismo, y añadiendo ese matiz imaginativo, el pudiera ser, que traduce en la invención de personajes e historias sugerentes allá donde parecen no tener cabida.

El efecto del montaje de las salas marca una distinción, no sólo pragmática, sino también de concepto. Mientras la sección dedicada a los “Retratos” matiza la usual organización del soporte sobre el muro con un delirante fondo rojo -recuerdo del escudo de la capital-, las “Aporías” se reparten homogéneas en disposición y estructura, pendientes sobre un fondo ondulante de cortina negra, incierta, mate, y cuentan con el anuncio de las autorías y los datos técnicos en sendas placas metálicas de chapa galvanizada antepuestas a cada pieza, y situadas sobre el suelo, forrado en negro, en consonancia con los marcos adaptados que realzan las piezas, que vuelven a homogeneizar -tras la incursión del artista- las obras expuestas. Curioso intermediario éste, entre el público y la obra, que nos recuerda, en algún sentido, a esas planchas metálicas con las que el minimalista Carl André trazaba brillantes recorridos que el observador se resistía a pisar: una nueva conexión entre plástica y construcción, de conceptos, de espacios.

Y el rojo, y el negro, como la famosa novela de Stendhal1, el republicanismo, el hábito de la iglesia, que pueden encontrar también su eco en la ciudad y sus prohombres, en sus calles, en sus piedras, en cada rincón de cada trazado de su historia. Rojo y negro que, en otro estadio interpretativo será la dicotomía desplegada en las mesas de juego, concentraciones de azar que marcan la vida, el intento vano de controlar mediante la cuadrícula, mediante el orden, quizá ese elemento que siempre se autoexcluye por definición de toda tentativa de regimentación y que, precisamente, alimenta la aporía, da impulso a lo extra-racional y, casi, lo justifica, sin pretenderlo siquiera.

En un alarde de ímpetu realista, el mismo Stendhal puso en la boca de Saint-Réal la siguiente definición: Un roman: c'est un miroir qu'on promène le long d'un chemin2. Quizá, también podamos decir que, en algunos casos, una creación artística es ese espejo paseado a lo largo del camino, siempre que admitamos que la concavidad, la convexidad, los caprichos que se forman y de-forman a través de cada reflejo, son posibilidades, accidentes necesarios que introducen infinitas variables en nuestras derivas, pues La ciudad es el escenario preferente de los encuentros y estallidos de las fuerzas orgánicas y mecánicas, de las revoluciones poéticas de los materiales y las formas3, y así lo hemos querido retratar.

1 Nos referimos a la novela Rojo y negro, del citado Stendhal. Para documentar alguna de nuestras ideas, nos hemos aproximado a la versión de la editorial Random House Mondadori, Barcelona, 2007, y más concretamente a las interpretaciones de Albert Thibaudet (ver prólogo, op. cit. p. 12).

2“Una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino”, cita en íbidem (p. 110)

3En SÁNCHEZ OMS, Manuel, “Especulaciones artísticas en torno a una ciudad”, en En BUIL, Carlos y MARCO, Ricardo, “Genius Loci: aporías artísticas del siglo XXI” (op. cit., p. 72)

 

1Entre los artistas y artesanos que participaron en la confección de los preciosos interiores de este edificio, podemos citar a Ángel Díaz Domínguez, Félix Lafuente, Vicente García, José Bueno, Buzzi y Gussoni, Antonio Torres Clavero, Dionisio Lasuén, Francisco Sorribas o Enrique Cubero.

Ver GARCÍA GUATAS, Manuel, “Zaragoza contemporánea”, en FATÁS, Guillermo, y ÁLVARO, Mª Isabel, et al., Guía Histórico-Artística de Zaragoza, Ed. Ayto. de Zaragoza, Servicio de Acción Cultural, Zaragoza, 1991. (pp. 384, 385)

2Así lo definen los propios comisarios de la exposición, cuando apuntan que Si la visión aérea del trazado urbano de las ciudades la reducimos a líneas, se transforma en una forma abstracta que vulgarmente conocemos como plano de la ciudad. En BUIL, Carlos y MARCO, Ricardo, “Genius Loci: aporías artísticas del siglo XXI”, en BUIL, Carlos y MARCO, Ricardo, Genius Loci: visiones artísticas de una ciudad. Zaragoza 1908-2008, Ed., Demarcación de Zaragoza del Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón, Cajalón y Ayto de Zaragoza, Zaragoza, 2009. (p. 66)

 

Ana PUYOL LOSCERTALES
Miembro de AECA, AACA, del Comité de redacción de AACADigital

Fecha de Entrega: 23/03/2009
Fecha de Admisión: 23/03/2009


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