Número 48 | Septiembre de 2019
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Culturas de un océano sagrado
“Oceanía”. Royal Academy of Arts, Londres
 
 

En 1771, tras el primero de sus viajes a Oceanía, el capitán Cook entregó un conjunto de objetos singulares al Conde de Sandwich, primer lord del Almirantazgo. Entre otras cosas, una gran talla de madera donde aparecen dos hombres y un animal, que tal vez sea un cerdo. Las dos primeras figuras son gemelas y se hallan unidas por las manos, y podrían formar parte de un esquema más extenso. Es posible que aquello decorase una casa aristocrática en Tahití. Se cree que este fue el primer objeto relevante que obtuvo Cook. Sería el ejemplo más temprano del coleccionismo de arte oceánico, pues en viajes anteriores, ni españoles ni franceses trajeron recuerdos de tales dimensiones. Otra cosa es que ese objeto se considerase entonces una obra de arte, en el mismo sentido en que podemos considerarlo en la actualidad. Sea como fuera, arte o curiosidad, ese legado ha sido preservado con mimo hasta el presente. Esta talla, en concreto, se donó al Trinity College de Cambridge y pasó de allí al Museo de Arqueología y Antropología de esa ciudad.

Esa y varios otras piezas de las que recogió Cook pudieron ver en la Royal Academy of Arts de Londres a finales de 2018, en una impresionante exposición que viajó a París en la primavera siguiente, al  Musée du quai Branly‑Jacques Chirac . El enorme marco geográfico del proyecto abarcaba desde Papúa Nueva Guinea hasta la Isla de Pascua, y desde Nueva Zelanda hasta Hawaii. Un territorio que, pese a sus dimensiones, y a la desproporción absoluta entre líquido elemento y tierras habitables, posee una importante coherencia cultural. Podríamos definirlo como el Mare Nostrum maorí. Un océano sagrado que no separó, sino que unió a esos pueblos de navegantes consumados. Peter Brunt y  Nicholas Thomas, comisarios de la muestra, nos  aclaran en el catálogo que “Cook descubrió territorios que ya habían sido descubiertos previamente, con estratos de historias y tradiciones de ocupación humana de muchas generaciones”. Un principio rector de los comisarios ha sido dejar a lo europeo fuera de campo. No lejos de Picadilly, se puede ir al Museo Marítimo de Greenwich, y ver allí, por ejemplo, los testimonios que dejó William Hodges, el excelente pintor que acompañó a Cook en su segundo viaje. Nada de eso asomó en la Royal Academy ni se llevaría al Quai Branly, porque se decidió ceder todo el protagonismo a los creadores autóctonos, tanto antiguos como contemporáneos.

Es llamativa la relevancia dada por los comisarios al origen y al motivo por el que los objetos llegaron a sus colecciones europeas. El puro saqueo alimentó muchos museos de antigüedades griegas o mesopotámicas, pero no es el caso, nos recuerdan, en el arte oceánico. La mayoría de las piezas se obtuvieron gracias a intercambios o regalos. A la función primera del objeto se suma la consideración de obsequio. De ahí que varios ensayos del catálogo aludan al antropólogo Marcel Mauss, autor de un libro célebre donde este asunto, y donde se recuerda que, en Polinesia, la obligación de dar iba unida a la obligación de recibir. La inevitable lectura estética y vanguardista de estas piezas tradicionales, sobre todo en los textiles, tiene más que ver con Malévich que con Picasso, en cuanto a que suman lo sagrado a lo utilitario. Su belleza se puede definir, en ocasiones, como terrible, o en otras como suntuaria, y se corresponde con el propósito del ofrecimiento, que puede ir desde una afirmación de poderío, hasta una apertura de relaciones diplomáticas. Una de las tallas más raras y bellas aquí exhibidas, es la figura de A’a, procedente del British Museum, una imagen hueca, con función de relicario, plagada hasta por treinta imágenes más pequeñas. Al parecer fue entregada a los misioneros en 1821 como testimonio de la conversión de los nativos de Raiatea al Cristianismo.

En cuanto a los artistas contemporáneos, varios de ellos critican o reutilizan esa mirada occidental que, como indicaba, sólo se intuye “en ausencia” en las obras históricas. La pieza más llamativa es, sin duda, la enorme videoinstalación de Lisa Reihana. En ella, los personajes de un tópico e idílico papel pintado del XIX cobran vida, y pasan a escenificar los conflictos reales del imperialismo en las antípodas. Pero son más interesantes, en mi opinión, las fotografías de Fiona Pardington. Se trata de una revisión sobria y elegante sobre la memoria de los antepasados, un asunto esencial para las culturas del Pacífico. Esta neozelandesa ha trabajado sobre una galería de bustos de bronce, realizados en Francia tras cierta expedición antropológica, imágenes propias de la obsoleta ciencia de la Frenología. Es un ejemplo de cómo la memoria de unos pueblos, conservada lejos de ellos, e incluso envuelta en malos entendidos, puede recuperarse para iluminar su contemporaneidad.

Alejandro RATIA
Miembro de AACA y AECA

Fecha de Entrega: 04/09/2019
Fecha de Admisión: 05/09/2019


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