Número 41 | Diciembre de 2017
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Premio Ibercaja de Pintura Joven 2017
Comentarios sobre los dos cuadros premiados
 
 

Los dos premiados esta convocatoria de 2017, tienen en común, el haber utilizado la Arquitectura, el Urbanismo y el Paisaje como instrumento, como herramienta para expresar ideas muy dispares.

El proceso de racionalización o explicación de la obra de arte no es sino un atavismo cultural (derivado del Siglo de las Luces y su sapere aude, atrévete a saber) que nos hace sentir más tranquilos, menos inquietos. Ese atavismo implica que cuando “comprendemos” racionalmente una obra, es como que nos gusta más, que nos sentimos más cómodos y nos olvidamos de la otra componente que conforma la dualidad de toda obra artística: la emoción.

Culturalmente hemos sido educados en la razón. Somos nietos de los racionalistas y pensamos que el arte tiene una base moral.  A la emoción interna, personal e indescriptible se le une la emoción racional derivada de la razón (nuestra cultura, formación, conocimiento….la mochila).

SENSACIONES ENCONTRADAS: DE LO RETINIANO A LO ABSTRACTO

Segundo premio: Unidad de habitación, por Fernando Romero Aparicio

La obra, “unidad de habitación, de Fernando Romero establece un correlato entre paisaje y arquitectura. Una arquitectura precisa, reconocible, icónica, referencial: la obra de Le Corbusier, la unidad de habitación de Marsella. Frente a un paisaje abstracto, congelado, estático. Una arquitectura en un no paisaje. Esta nueva topografía subsume, despliega y despierta un mundo de consideraciones y pensamientos, muy extenso. Esta unión de lo figurativo (el edificio) y lo abstracto (el paisaje), es otra de las líneas de fuerza de la obra. En este caso, se ha creado un paisaje al edificio y no al revés como es habitual. Se ha subvertido el orden natural del proceso. Adorno nos recordaba que “las cosas se cargan de todo tipo de significados secretos, cuando pierden su función”. Entonces, el subjetivismo las recubre de emociones de ensueño y adquiere una suerte de irradiación de lo imaginario y eterno. La descontextualización de la pieza arquitectónica que nos presenta Romero, que en este caso son mera representación, nos remiten al mundo de la exaltación  de los sueños y de la imaginación, que no es sino una impostura de la razón.

A este no lugar se le añade la deshumanización de la composición. No hay personajes. Renuncia expresamente a la escala humana y hace una referencia expresa al vacío. Explicita un espacio que me resulta más misterioso que inquietante. Un espacio casi metafísico.

Partimos de la base incontrovertible de que toda actuación en el paisaje es un “acto violento” porque nos impone a la fuerza un elemento extraño, un elemento que no existía, una excrecencia. Este elemento hace que se transforme el paisaje.

¿Este II Premio funde el paisaje con la arquitectura? es la eterna cuestión que se plantea cuando una edificación se inserta en el paisaje. Le Corbusier explicó magistralmente este concepto con la teoría de la “acústica visual”. Entiende el edificio como una “caja de resonancia” capaz de captar los sonidos del paisaje y devolverlos hechos forma. Se trata de reinterpretar los rasgos peculiares del lugar (genius loci, espíritu del lugar) para fusionar el paisaje con el diseño y vincular el valor espacial y expresivo de la arquitectura con el valor simbólico de la naturaleza, el entorno o el territorio. En definitiva una arquitectura capaz de integrar en contrapunto visual el paisaje y la arquitectura fundiéndola en un mismo acorde. Aquello que antes de la existencia del edificio era naturaleza caótica, entropía (sin orden, no cartesiano) queda transformado, construido e incluido como paisaje. Es decir el edificio se vuelve parte integrante del paisaje.

Pero esto es solo una derivada más de la obra, es una digresión personal que me hace reflexionar sobre la integración de la arquitectura y el paisaje. Pero hay muchos más registros, tantos como expectadores y ahí está la grandeza de la pintura: en su capacidad evocadora y de exaltación de nuestra fantasía.

No intento ofrecer un corpus teórico para entender y comprender la obra; tan solo una aproximación muy libre, sin condicionantes salvo los propios de mi limitado bagaje cultural y mi restringida intuición. Y frente a la expresión de Wittgenstein “lo importante en el arte no es el juicio, es el sentir” creo más en la dualidad de R. Barthes expresada en su libro La cámara lucida. Aunque su teoría semiológica se refiere a la fotografía, es extrapolable al arte en general. Establece dos conceptos. De un lado el studium (que estudia: técnica, lema, encuadre, luz, composición, relato, concepto…..). De otro, el punctum (que refleja lo irracional, lo intuitivo, lo indecible, lo subjetivo, lo apasionado….) Una vez más la dualidad,  esa constante en la condición humana.   

 

EL CORAZON PERDIDO DE LAS COSAS

 

Primer premio: Fantasmas, por Francisco Javier Borrón Altamirano

Cada pieza artística es como un iceberg que solo muestra la cima...y nuestra cabeza debe activar los mecanismos internos para completarla. La obra de arte tiene esa capacidad de evocar, de sugerir, y esto es lo que define al objeto artístico. Por ello es tan importante la mirada y esa mirada nos la da nuestra base cultural, nuestro background, nuestro bagaje y con esa herramienta y nuestra profunda reflexión dirimimos su significado. M. Proust decía: “el verdadero descubrimiento consiste en no buscar nuevos paisajes, sino mirar con nuevos ojos”.

 

Por ello el arte no es un problema de forma, hay que entenderlo como una actitud, como una visión del mundo, como una conducta intelectual y vital del artista. En definitiva la tarea artística debe entenderse como expresión y comunicación de su artìfice. Es el mensaje dentro de la botella, lanzado en medio del basto océano de la vida. ¡Quien sabe a qué playa llegara! No hablo de tesis, hablo de emociones.

La obra premiada me sugiere una reflexión sobre la condición privada y pública del ser humano, utilizando la ciudad como metáfora y referente.  La ciudad, el espacio urbano constituye el relato sobre el que se realiza una doble mirada.

Una primera mirada, del mundo interior, que contempla los espacios urbanos como una gran alegoría. Un espacio de silencio y vacío: limpio, sin filtros, de meditación, donde, por una parte,  el “vacío silencioso” que genera el ruido de las ideas y donde domina la introspección, la individualidad, el misterio de nuestra propia existencia. “El silencio es callar y por tanto comunicación implícita” nos decía sabiamente Octavio Paz. Este vacio silencioso, contrasta con el “silencio del vacio” que nos invita a la reflexión sobre la forma de vivir en un mundo hecho de fragmentos, en un mundo que compartimos con los demás. Un espacio ontológico, donde la ausencia de personajes denota esa idea metafísica de la autorreflexión sobre uno mismo, de mostrarse tal cual es. Un espacio separado y ajeno del inquietante y ruidoso mundo exterior.

De otro lado, una segunda mirada, del mundo exterior, que contempla la ciudad como lugar de convivencia, de relación con los demás, de entropía, de confusión, separado del mundo interior con filtros de protección y de defensa, mediante esos escaparates que marcan la barrera entre el mundo interior respecto del mundo exterior. Un mundo exterior mediatizado por la mochila que todos portamos y que plásticamente se traduce en ese vidrio lleno de reflejos, no transparente, traslucido, que impide ver la realidad tal cual es y nos la hace ver matizada y sesgada.

En ambas miradas hay una cierta tristeza, melancolía y sordidez del espacio urbano. Puede ser una de esas ciudades invisibles de Ítalo Calvino. En donde la ciudad se entiende como ese gran escenario del mundo, el laberinto perfecto para "encontrar el corazón perdido de las cosas". El gran teatro del mundo. Y en donde la ciudad es interpretada como un libro de sueños, como un álbum de nuestro inconsciente, como un catálogo de nuestros miedos y anhelos.

Lo más parecido a pintar es escribir poemas. El poema como el cuadro se materializa a través del soliloquio del autor. Y corresponde al espectador, descubrir e interpretar esas emociones larvadas  que contiene la obra y que salen a la luz  gracias a la presencia analítica y  colaboradora del observador. Fantasma, me recuerda al poema de Pessoa "Tabacaria" (estanco) del heterónimo futurista Álvaro Campos escrito en 1928. Texto confesional, que nos sitúa frente a un hombre asomado a su ventana. Una mirada que refleja el impenetrable mundo interior, a través de lo que acontece en el inescrutable mundo exterior. Esa angustia, pero también emoción es la que recoge este largo pero fantástico poema. Y que tiene claros ecos en esta pintura.

Dos miradas, que invocan al ser humano. Una la íntima, la personal que pertenece a la esfera de lo intransferible y otra proyectada hacia el exterior con la que nos relacionamos socialmente. Ambas expresan, de manera latente, que la certeza no es lo último que se pierde, sino que es lo último que se gana. Un discurso que transita en la dualidad humana reconciliable: la intimidad y lo social. Un cuadro que se sale de la zona de confort del estigma de lo comercial, para adentrarse en el proceloso mundo de lo intangible, de lo espiritual, de lo poético.

Una sincera y feliz simbiosis que se resuelve no solamente conceptualmente sino que pictóricamente alcanza un gran nivel y que constituye, el otro gran activo del cuadro. 

Ricardo MARCO
Miembro de la Junta Directiva de AACA

Fecha de Entrega: 27/12/2017
Fecha de Admisión: 28/12/2017


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