Número 29 | Diciembre de 2014
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Jorge Oteiza. El ser estético.
Fundación Museo Salvador Victoria, Rubielos de Mora (Teruel)
 
 

 

La actividad cultural de la Fundación Museo Salvador Victoria en el año 2014 ha estado marcada por la conmemoración del XX aniversario del fallecimiento del pintor turolense. Exposiciones, cursos, conciertos y conferencias, han jalonado esta efeméride ayudándonos a reencontrarnos con la obra y la figura de Salvador Victoria, propiciando nuevas lecturas sobre su vibrante trayectoria artística.

Finalizamos este año tan especial con una exposición del 25 de octubre de 2014 al 28 de febrero de 2015 dedicada al escultor vasco Jorge Oteiza (Orio, Guipúzcoa, 1908 – San Sebastián, 2003). Una colaboración con la Fundación Museo Jorge Oteiza de Alzuza (Navarra), que ve ahora la luz gracias a la amabilidad de su director, Gregorio Díaz Ereño comisario de la muestra junto a Diego Arribas, director del Museo Salvador Victoria, que personifican la sintonía entre dos fundaciones que comparten, además del mismo año de su nacimiento (2003), la misma vocación por la difusión del arte y la cultura contemporáneas desde el medio rural en el que se ubican.

La figura de Jorge Oteiza constituye un hito en el ámbito de la escultura contemporánea de nuestro país. Un genio creador cuya actividad se irá desplazando posteriormente a otras parcelas de la cultura y el conocimiento como la poesía, la filosofía, la arquitectura, el cine o la antropología. Su obra arranca en los años 20 del pasado siglo con una notable influencia del cubismo y el primitivismo. Entre 1934 y 1948 vive en distintos países de América del Sur, compaginando su trabajo escultórico con la docencia y el desarrollo de diversos estudios sobre estética. Una inquietud que se plasmará en dos textos que anticiparán la orientación de su programa artístico: Carta a los Artistas de América (1944) e Interpretación estética de la estatuaria megalítica americana (1952). Poco después de su regreso a España, gana el concurso para la realización del conjunto escultórico de la Basílica de Nuestra Señora de Aránzazu, en Oñati (Guipúzcoa), un proyecto firmado por el arquitecto Sáenz de Oiza, en el que intervendrán también otros artistas como Lucio Muñoz, Chillida, Basterretxea, Eulate, Egaña y el propio Salvador Victoria.

El fértil periodo de actividad escultórica de Jorge Oteiza, se desarrolla desde su vuelta a España en apenas una década, la de los años 50 del pasado siglo. La exposición Oteiza. El ser estético, se estructura en una muestra de 6 esculturas realizadas entre 1950 y 1958, junto a siete “familias” de dibujos y collages, relacionadas con cada una de ellas.

En torno a la primera escultura: Figura para regreso de la muerte (1950), los dibujos muestran el proceso de negatividad, de vaciado de la figura humana que Oteiza aplicará también en las figuras de piedra de los apóstoles de la fachada de la basílica de Aránzazu, una expresión figurativa presente en esta muestra con el bronce Cabeza de apóstol (1953), cuya instalación en el friso de la basílica tuvo que esperar hasta 1968, debido al rechazo de la Iglesia, que no acababa de aceptar la interpretación escultórica de Oteiza.

La obra Estudio para la tierra y la luna (1951-1955), corresponde a una serie de ensayos sobre la geometría y la luz. Una suerte de diálogo entre dos formas verticales, dos sólidos que acogen, en el vacío del espacio que les separa, una nueva escultura abierta y liviana. Un estudio del hiperboloide al que se suma el efecto de los condensadores de luz, perforaciones que atrapan la luz en el interior de la materia, integrándola como un elemento propio que se proyecta hacia el exterior.

El Par espacial ingrávido/par móvil, (1956) es una de las piezas más singulares de Oteiza relacionada con la desocupación de la esfera. Se trata de dos semicírculos unidos entre sí por sus respectivos diámetros según la proporción áurea, formando una pieza que una vez puesta en tierra, echa a rodar por sí sola buscando un equilibrio que nunca encontrará.

En Caja vacía. Conclusión experimental nº 1 (1958),Oteiza construye un vacío como resultado de la unión de distintas unidades Malevich: chapas de hierro en forma de trapecio que delimitan un cubo.  Un planteamiento que se repite con variaciones de estas unidades en la serie Cajas vacías, en la que el protagonismo de la composición está en el núcleo interior de cada cubo, un vacío que adquiere un carácter espiritual, metafísico: “…yo lo que creo es con nadas. Es decir, creo espacios con nada, activos, absolutos, de trascendencia, de sacralidad, sagrados.”

Esta serie tiene para Oteiza un carácter terminal, conclusivo, como el cuadro Blanco sobre blanco de Malevich. “Yo he hecho esculturas para saber de qué trata la escultura, para ser escultor, y cuando me hecho escultor he dejado la escultura”. “Las esculturas me han hecho escultor.”

La obra Homenaje a Mallarmé (1958), pertenece a la última etapa de su proceso experimental. Es una escultura compleja, en la que se combinan unidades Malevich, con planos abiertos de una caja vacía, generando una pieza de una gran riqueza formal, con imbricaciones entre planos de distinto tamaño e inclinación y sugerentes aperturas desde el núcleo de la pieza.  Una obra dedicada a Mallarmé, poeta en cuyas composiciones también estaba muy presente el vacío.

Un año antes, en 1957, Oteiza participa en la Bienal de Sao Paulo, donde recibe el premio extraordinario de Escultura. A pesar de ello y de los puentes que había establecido con el suprematismo y el constructivismo ruso, el escultor vasco da por concluido su propósito experimental y abandona la escultura. Con la radicalidad de su decisión, Oteiza sigue la estela de Marcel Duchamp (1887-1968), que abandonó la creación artística para dedicarse al ajedrez. A lo largo de las décadas de los 60 y 70, Oteiza se dedicará al estudio de la lengua y la cultura vasca. En 1963 publica Quousque tandem…! Ensayo de interpretación del alma vasca, un texto que tendrá una gran difusión.

Oteiza, retomará su proyecto experimental años después, a partir de los 70, con su laboratorio de tizas, un proceso de investigación formal que desarrolla a pequeña escala con materiales humildes, pero con notables resultados, muchos de los cuales se convertirán después en esculturas de gran formato. En la década de los 80 comenzarán los reconocimientos a su trayectoria artística, recibiendo numerosos premios y homenajes. Su fuerte carácter le llevó a rechazar algunos de ellos. En 1985 recibe la Medalla de Oro de las Bellas Artes de parte del Ministerio de Cultura y en 1988 el Premio Príncipe de Asturias de las Artes por toda su carrera. Una distinción que inspiró a Oteiza la redacción del libro Cartas al Príncipe, una crítica a la situación de la sociedad vasca, en la que Oteiza vierte su desencanto y escepticismo con el futuro. 

En 1998 es investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco, recibe la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid y la Medalla de Oro de Guipúzcoa. El año 2003, poco después de su fallecimiento, se abre al público en Alzuza (Navarra), la Fundación Museo Jorge Oteiza, que recoge su obra en un formidable edificio obra de su gran amigo el arquitecto Sáinz de Oiza.

Rut MARTÍN HERNÁNDEZ
Miembro de AMCA y AECA, Profesora de Bellas Artes en la Universidad Complutense

Fecha de Entrega: 30/12/2014
Fecha de Admisión: 30/12/2014


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